Opinión | Noticias del Antropoceno

La industria que se resiste a cambiar

El hormigón lo inventaron los romanos, como atestiguan innumerables infraestructuras que siguen actualmente en pie y que fueron construidas con dicho material, como puentes y acueductos. Éste ha mejorado notablemente sus características funcionales, al haber incorporado un interior de acero que lo hace más flexible (los materiales demasiado rígidos no soportan bien la fuerza del viento), pero que lo hace también más vulnerable a la corrosión cuando se abren inevitablemente las grietas por causa de las temperaturas cambiantes y acaba penetrando la humedad. Por eso las imágenes postapocalípticas de las películas representan a los edificios desmoronándose y cubiertos de verdín y maleza.

Pero lo sorprendente de la construcción, tanto de infraestructuras públicas como de viviendas, es lo poco industrializada que está a estas alturas del siglo XXI. Es cierto que todas las nuevas tecnologías, desde el diseño con herramientas de CAD hasta el cálculo de estructuras, se han incorporado plenamente a los procesos de gestión y producción, pero las casas siguen fabricándose básicamente con mano de obra, con materiales ancestrales y a base de echarle horas y fuerza bruta. Efectivamente se han incorporado nuevos materiales, como el acero y el vidrio, pero fundamentalmente para la construcción de rascacielos y grandes infraestructuras. La gran innovación del siglo XX en cuanto a obra pública fueron las grandes tuneladoras, capaces de horadar la roca más sólida en un tiempo que podría calificarse de récord.

Por otra parte, estamos en un momento en el que varias tendencias confluyen para impulsar la industrialización del sector de la construcción, y en concreto la edificación de viviendas. La primera es la fuerte acumulación de la demanda. Después de la Gran Crisis, la promoción de viviendas se ralentizó de forma sustancial y aún no ha salido del pozo. Ahora se están construyendo apenas 100.000 al año, cuando la creación de nuevos hogares demanda el doble. Según el Banco de España, hay un déficit acumulado de 600.000 viviendas de nueva construcción. Si eso lo casamos con la ausencia de mano de obra (ni siquiera los inmigrantes aceptan ya trabajos de tanta exigencia física) no es extraño que estén proliferando empresas de casas prefabricadas, tanto de hormigón como de madera (un material cada vez más usado), y startups de impresión de viviendas en 3D o reconversión de containers. Al fin y al cabo, se trata de fabricar un techo y cuatro paredes.

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