Opinión | Pasado a limpio

Allons, enfants de la patrie!

Siento un escalofrío cuando los franceses votan a Le Pen, porque un viento helado baja de los Pirineos. El alivio por la victoria del Frente Popular de Jean Luc Mélenchon no resuelve los interrogantes

Los seguidores de la coalición Nuevo Frente Popular celebran la victoria en las elecciones de Francia.

Los seguidores de la coalición Nuevo Frente Popular celebran la victoria en las elecciones de Francia. / EFE

Será porque estudié francés o por escuchar las canciones de Brassens o de Moustaki, y por extensión a Javier Krahe –a pesar de que prefería la hoguera a la guillotina-, que me interesa más París que Tombuctú. Si añado que conozco la historia de Jean Valjean, con permiso de Víctor Hugo, como si fuera uno más de la familia, entenderás, amable lector, que las últimas elecciones legislativas francesas me hayan puesto el corazón en un puño, como si el comisario Javert me estuviera pisando los talones.

Los franceses han sido enemigos en muchas ocasiones, pero las relaciones de vecindad entre países regidos por el espíritu de dominación y de conquista no llevan más que a una visión de la historia en clave bélica. Siempre es posible otra mirada.

La España que distingue entre murcianos y alicantinos, almerienses o granadinos, responde un modelo territorial que tiene por base la provincia francesa. Sucede que nuestra Administración es un remedo del galo, aunque, también hay que decirlo, bastante mal copiado. Igual sucede con el Judicial, con las academias, los museos y hasta el Código Civil. Nuestro sistema jurídico es heredero de la Revolución francesa, como si fuera un sello de calidad.

Las malquerencias regionales, nuestras tensiones entre el centralismo y la periferia, datan de la construcción nacional de este país y no solo de la herencia de una dinastía francesa, que por vía materna está emparentada directamente con los Austrias y antes con los Trastámara. Los conflictos dinásticos solo enmascaran los sociales y territoriales, que son anteriores y más profundos.

Cuando España fue primera potencia, inspiró Trento a pesar de que Erasmo de Rotterdam ya había marcado la dirección del humanismo cristiano en tierras de los Austrias. Cuando Francia tuvo su oportunidad, exportó el lema de libertad, igualdad y fraternidad. Lo hizo en carga de bayoneta en muchos casos, pero decimos aquí que Dios escribe recto en renglones torcidos.

A nadie sorprende que hubiera afrancesados en la Ilustración española. Y no fueron menos después de la vuelta de Fernando VII, el Deseado, o quizá por eso mismo. Francia y también Inglaterra fueron referentes de modernidad para los liberales españoles y, ¡qué decir! para los héroes de la independencia hispanoamericana.

La historia de Francia también tiene sus sombras, y más tenebroso que el régimen colaboracionista de Pétain no parece fácil encontrar, pero nosotros tenemos nuestra dictadura franquista y no le faltan nostálgicos. Por eso, lector amigo, siento un escalofrío cuando los franceses votan a Le Pen, porque un viento helado baja de los Pirineos. El alivio por la victoria del Frente Popular de Jean Luc Mélenchon no resuelve los interrogantes.

Las elecciones a doble vuelta tienen siempre dos caras. Dicen que en la primera se vota con el corazón y en la segunda con la cabeza. Sea por impulso primario, lo cierto es que un frente frío y reaccionario recorre Europa y en España no estamos menos acatarrados. No deja de resultar paradójico que una reacción contra las crisis del sistema capitalista y neoliberal tenga claros tintes fascistoides, llevados de los más puros reflejos identitarios y xenófobos. Cuando nos sentimos en peligro, el instinto de la manada es primigenio, lo que no quiere decir que sea sano. La jauría es tan destructiva como la estampida. En lugar de construir puentes, lo que exige un espíritu colaborativo, es más fácil atacar al diferente, sea judío, inmigrante o simplemente pobre.

El himno francés es una marcha militar con letra para tiempos de guerra y, sin embargo, en Casablanca, suena como canto de liberación frente al nazismo, porque representa los valores que nos hemos dado como sociedad y como civilización.

Esta noche pasada se enfrentaron dos selecciones con rutilantes estrellas que son fruto de la inmigración. Bastaría recordar que la endogamia solo conduce al colapso genético, que los pueblos que progresan son los que intercambian, ya sean bienes, genes o ideas; desde la prehistoria, antes de que existieran las fronteras, los pueblos evolucionaron con la mixtura, imprescindible para ver el mundo en colores. Los espartanos, modelo ario, de falanges de relucientes escudos y lanzas, eran endogámicos. Dejaron una civilización huera, infecunda.

Malgré tout, anoche yo iba con la roja. 

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