Opinión | Luces de la ciudad
Una cuestión de actitud
La buena educación no solo es una cuestión de cortesía o protocolo, sino de respeto
Dicen que la educación, y no me refiero a la formación académica, se mama en casa desde pequeño, eso sí, siempre y cuando las referencias sean las adecuadas y gracias a ellas aprendamos a comportarnos en público para poder socializar sin problemas en un futuro. Sin embargo, y a pesar de todo, ya de mayores seguimos encontrando ‘niños impertinentes’ y maleducados, malcriados, como diríamos por estos lares, ahora en formato adulto, a los que les cuesta cumplir con las normas básicas de comportamiento.
Cuando somos ninguneados, de una manera u otra, por este tipo de sujetos, un hecho más común de lo deseado, a veces pensaremos que estamos tratando con personas extremadamente tímidas o que, en ese instante, su mente está ocupada en resolver problemas tan importantes para él que le impide prestarnos la atención debida, pero no nos equivoquemos, en la mayoría de los casos es una actitud de mala educación.
No entiendo como para algunos resulta tan complicado saludar con un «buenos días» o «buenas noches», dar las gracias tantas veces como sea necesario, pedir las cosas por favor, disculparse cuando se comete un error, hablar con un tono suave, mostrar buenos modales en la mesa, etc. Vamos, lo que viene siendo un trato normal y agradable con personas educadas y amables. Ya saben, lo cortés no quita lo valiente.
Pero la buena educación no solo es una cuestión de cortesía o protocolo, sino, sobre todo, de respeto. Un respeto hacia los demás que parece estar perdiendo protagonismo frente a la crispación, el insulto y la descalificación, frente a ese tan traído y llevado ‘fango’ en el que tanto les gusta revolcarse a muchos, y que, como una tortura china, va calando gota a gota en nuestra sociedad.
Quizá esté sobrevalorando los buenos modales, pero seguro que no estaría de más practicarlos más a menudo y comprobar que la buena educación es contagiosa y, por tanto, al relacionarnos genera mejor predisposición en los demás. Eso sí, sin exagerar, que no veo yo, por ejemplo, a nuestros políticos, como damas y caballeros del siglo XIX, siguiendo las estrictas y sofisticadas normas de conducta que regían en la época. ¿Imaginan a Sánchez y a Feijóo batiéndose en duelo al amanecer, con sus respectivos padrinos (¿Ayuso y Puente?), por una cuestión de honor? Seguro que no.
Seamos sensatos pues, y no olvidemos practicar ciertos códigos de conducta que eviten situaciones agresivas, y retomemos, por favor, una comunicación respetuosa que facilite una convivencia sosegada. «Nada resulta más atractivo en una persona que su cortesía, su paciencia y su tolerancia» (Cicerón). En realidad, ser educado no cuesta nada, sale gratis.
Solo es una cuestión de actitud.
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