Opinión | El retrovisor

Veranos en el Verdolay

Excursiones hasta la Charca de la Marrana, baños en las balsas de aguas verdes de la Sericícola...

Este año las chicharras se hacen de rogar, aún no se escucha su canto tedioso. Si uno le presta atención a su rítmico ‘rirrirri’, puede acabar con un ataque de ansiedad y más acalorado aún de lo que la asfixiante temperatura ambiental proporciona. Los grillos, por el contrario, parecen refrescar el entorno en las noches estivales. Grillos, jazmines y galanes de noche hacen muy agradables las noches en los montes del Verdolay.

Tumbado a la bartola en la terraza, arrullado por el agua que mana de la fuente, miro las estrellas, las que me ayudan a recordar a aquellos primerizos veraneantes de la zona. Fue a finales del XIX cuando los tísicos abundaban y trataban de buscar remedio a sus males con la sequedad ambiental, tomando baños de pecho entre efluvios balsámicos de turbintos y eucaliptos. De ahí la colonia de hotelitos que con el tiempo se transformaron en la codiciada zona residencial actual. Veraneantes que el tiempo se llevó, cuando las playas quedaban lejos en la distancia para los parcos bolsillos: la familia Cantó, los Victoria, los Balibrea, los Albacete, los Hernández-Pérez, los Hernández-Gil, los Cerdá, los López Ferrer, los Clavel, los Zamora, los Medina… fueron primerizos en la zona.

A mediados de los sesenta el ambiente se animó y llegó una savia nueva. Tiempo de pandillas, de picú, de bicicletas de Velo Solex y de verbenas en el Montealegre. Veladas veraniegas en el cine Victoria en programas dobles proyectados por El Alix; excursiones hasta la Charca de la Marrana en el Puerto de la Cadena; melodías de armónicas bajo los pinos, baños en las balsas de aguas verdes de la Sericícola entre el croar de las ranas. No, ya casi apenas se ven mariposas y libélulas y cada vez son menos los regantes, que en pijama y con manguera, mitigaban las polvaredas y los calores tras el sestero. El flamante televisor en blanco y negro en la puerta al anochecer.

Noches de tertulia con los vecinos, domésticos fuegos de artificio para festejar onomásticas y cumpleaños. Cabreros al amanecer, llevando a pastar las cabras en los ribazos de las ramblas. Ni un coche, ni un ruido, todo lo más la bicicleta del lechero y el sonido metálico de sus cántaras. Voces y alegres risas que vuelven del pasado en aquel entorno idílico; paisaje roto por los molinos de agua que giraban y giraban como la vida misma. Sí, aquello fue el Verdolay, donde lo místico tomaba forma junto al convento de Santa Catalina del Monte y la ermita de San Antonio El Pobre.

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