Opinión | Las horas

JUAN GAITÁN

El último clavo en el ataúd de los tories

De lo que más habré escrito (sin contar el tiempo que es mi tema habitual, donde más pesado me he puesto) es de la belleza. Concretamente, del afán de los seres humanos por buscarla. Llevo haciéndome las mismas preguntas más de medio siglo y apenas he logrado alguna respuesta. Sigue siendo un misterio por qué, después de inventar un objeto útil (pongamos, por caso, un cuenco para contener agua) el siguiente paso es adornarlo, que no sirve, en realidad, para nada, salvo para hacerlo bello.

Acaba de publicar la revista Nature que la obra de arte más antigua fue pintada hace 51.200 años en una cueva de Indonesia. Hasta ahora se pensaba que tenía 48.000 años, pero nuevos estudios han hecho retroceder la fecha unos 5.700 años.

Siento fascinación por este misterio. Hace ya mucho tiempo, atravesando bosques de acebos, tejos y castaños llegué a la Cueva de Covalanas, en Cantabria. Hube de subir una empinada cuesta y llegué con el resuello justo hasta una gruta en apariencia muy humilde. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra que lo amansaba todo. Y al poco, bajo una luz tenue que recordaba aquel invento primero de la primera lámpara de tuétano y mecha, todo comenzó a moverse. Se movía la sombra de la cierva pintada en la pared hace 20.000 años. Ni entonces ni ahora he logrado explicarme qué motivos movió a quien realizó ese trazo mágicamente humano, pero no cabe duda de que buscaba trascender, que se vio obligado (acaso sin saberlo) a atrapar el rayo con las manos desnudas, como explicaría Heidegger doscientos siglos después.

Y tampoco he conseguido una explicación a cómo alcanzó aquel ser humano a tener ese trazo maestro, esa técnica maravillosa. Es evidente que no fue su primer dibujo, pero nadie ha encontrado los bocetos, las pruebas del aprendizaje. Sin embargo, es evidente que pintar era ya un ‘oficio’ hace 50.000 años, un oficio que se enseñaba y se aprendía. Arte puro y definitivo, magistral en técnica y emoción, arte que contenía ya todo el arte que habría de venir, que se lo pregunta ya todo y todo se lo respondía, principio y fin en un solo trazo. Luego, la historia del arte será un intento de volver a esto, un regreso a esta semilla roja dejada sobre la piedra.

Y donde no hay escenas de caza hay manos. Manos pintadas, negativos de manos, el salto del elemento animal al elemento humano, el origen de cuando el hombre se ve a sí mismo motivo artístico. Aquí empieza otro camino, el de buscar la luz del rayo dentro de nosotros y de los que nos rodean. Son estas manos algo más que belleza, sin duda, son el principio de la lírica y, sobre todo, miles de años después, la prueba nítida e inapelable de que alguien se atrevió a coger el rayo con las manos desnudas y ya no lo soltó.

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