Opinión | Pulso político

José Miguel Luengo

Sánchez, de limpiar la corrupción a abrazarla

Utiliza los muchos instrumentos del Estado que ha colonizado y los pone al servicio de su interés personal

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez / Alejandro Martínez Vélez - Europa Press

Recordemos cómo irrumpió Pedro Sánchez en el poder: a través de una moción de censura que, respaldada por comunistas, independentistas y proetarras, justificaba ante una supuesta necesidad de limpiar y regenerar la vida política española. En realidad, ‘Frankenstein’ echó a andar… enarbolando la bandera de la lucha contra la corrupción. Pues bien: seis años después, podemos afirmar que, con Pedro Sánchez en el Gobierno de España, se está produciendo, como en tantas otras materias, el mayor retroceso en la batalla contra la corrupción de toda la historia de la democracia.

Su Gobierno, además de estar afectado por una trama de corrupción, ha rebajado las condenas, ha indultado a corruptos y ha intentado amnistiar la malversación. Porque, lejos de luchar contra la corrupción, o bien la ampara, como en los casos ‘Tito Berni’ o ‘Koldo’; o bien trata de borrarla, como hemos visto, primero, con la amnistía a los golpistas del independentismo catalán y, después, con ese ‘indulto’ por la puerta de atrás a los condenados por el caso de los ERE de Andalucía, a través de un Tribunal Constitucional que, contaminado de sanchismo, le enmienda la plana a una veintena de jueces que atestiguaron prevaricación y malversación.

Un ejercicio inmoral del poder, el de Sánchez, que ya pudimos comprobar durante la pandemia, cuando mintió a los españoles asegurando que había un comité de expertos que no existía; o en la ley del ‘solo sí es sí’, que aprobó a pesar de las advertencias de expertos juristas, que avisaban de lo que finalmente pasó: la salida de la cárcel y reducción de penas a más de mil agresores sexuales.

Sánchez utiliza los muchos instrumentos del Estado que ha colonizado y los pone al servicio de su interés personal. Como ejemplos, el CIS de Tezanos y sus encuestas escandalosamente ‘cocinadas’, eso sí, con el dinero de todos; o la Fiscalía General del Estado de García-Ortiz, que, en lugar de acusar a los delincuentes y perseguir los delitos, es capaz de promoverlos si eso significa ayudar al relato que beneficie al PSOE.

En realidad, no hay límites en los escándalos que puede generar al día el sanchismo. De forma simultánea, su mujer, su hermano y su Ejecutivo están siendo investigados por la Justicia; su Fiscal General está al borde de la imputación; y sus socios acaban de ser confirmados como malversadores por el Tribunal Supremo. Porque parece que el traje a medida diseñado por Sánchez a favor de los golpistas del independentismo catalán no está siendo suficiente para doblegar y vencer al Estado de derecho.

Tanta inmoralidad, falta de escrúpulos y despotismo en el ejercicio del poder solo podía conducir a un hecho absolutamente vergonzoso e inédito en nuestra democracia: que toda una mujer del presidente del Gobierno deba ir a declarar en un juzgado como imputada en una investigación sobre corrupción y tráfico de influencias. Una imagen demoledora, esperpéntica, consecuencia de un comportamiento sobre el que la Justicia deberá dictaminar si es legal o ilegal, pero que no es ético ni estético. Porque Begoña Gómez se ha aprovechado de su posición como mujer del presidente del Gobierno para tener acceso a empresas y fondos.

Ante semejante sucesión de escándalos, Sánchez no dimite, ni tan siquiera da explicaciones, pero… ¡se atreve a presentar medidas de regeneración democrática! Debería comenzar por regenerarse a sí mismo, ya que han sido sus acciones las que han llevado a España a una degradación institucional y a una involución democrática sin precedentes. Para combatir de verdad la corrupción, no se le puede dar ni un milímetro de oxígeno ni relajar los límites, sino endurecer la lucha contra ella.

Suscríbete para seguir leyendo