Opinión | Café con moka

La divina Sarah

Predestinada, casi desde nacimiento, a ejercer la prostitución, como su madre, y a que nadie hubiese recordado su nombre más, la historia de Sarah Bernhardt resulta fascinante y un ejemplo de superación y feminismo

Sarah Bernhardt,1864.

Sarah Bernhardt,1864. / Nadar / Foto de archivo

La semana pasada recordaba a uno de los personajes más icónicos del siglo XIX: Oscar Wilde. Siempre me he sentido hechizada por ese periodo de transición entre siglos, por la época del modernismo, en torno a 1900. En pocos momentos de la historia y en un escenario tan fascinante como la ciudad de París se congregaron tal cantidad de genios, no solamente del mundo de la literatura, sino también de la pintura, el arte o la música. Alejandro Dumas, Monet, Delacroix… pero sin lugar a dudas, hay una mujer que eclipsó a todos los demás actores del momento: La divina Sara. No nuestra ‘Sarita’ Montiel, sino Sarah Bernhardt

La vida de esta actriz francesa daría para una saga de películas, pues fue considerada en vida la interprete más importante de la segunda mitad del XIX. Predestinada, casi desde nacimiento, a ejercer la prostitución, como su madre, y a que nadie hubiese recordado su nombre más, su historia resulta fascinante y un ejemplo de superación y feminismo. Una mujer que desafió a su propio destino e hizo de su cuerpo, de su voz y de su persona un referente más allá de Francia y Europa

Conoció al hermanastro de Napoleón III, el duque de Morny, y fue él quien aconsejó a Sarah que estudiase interpretación, pero nada hacía sospechar la exitosa carrera que le esperaba. Compartió su existencia con numerosos hombres. En su juventud viviría un romance apasionado con el príncipe de Ligne, con quien tuvo su único hijo, quien la abandonó al saber que estaba en cinta. El gran Víctor Hugo le daría la oportunidad que la hizo saltar a la fama al protagonizar el estreno de Ruy Blas, y de ahí su carrera fue imparable. 

No solamente fue una grandísima actriz, también se interesó por la pintura y la escultura, e incluso fundó su propia compañía de teatro haciendo interminables giras por el mundo. Huía de la sobreactuación y sobreafectación a veces tan propias del teatro, y se hizo característica por representar a las grandes heroínas o reinas de una forma natural, sin grandes artificios. Memorables fueron sus ‘muertes’, la forma en que sus personajes fallecían sobre la escena conmoviendo al público. 

Célebres fueron sus papeles en La dama de las camelias, de Dumas, o Macbeth y Hamlet del mismísimo Shakespeare. También su figura inspiró al mítico Proust para el personaje de Berma en En busca del tiempo perdido

Tras la amputación de una pierna, por una caída en su infancia, continúo declamando por los escenarios del todo el mundo. Su entierro en 1923 congregó en París a más de 150.000 personas, según las crónicas de la época. Era un mito viviente y lo siguió siendo más allá de la muerte. Su cuerpo fue enterrado en el bello e histórico cementerio de Père Lachaise. 

Fue una mujer que luchó contra su sino, que vivió de forma libre y que nos regaló algunas de las interpretaciones más legendarias de la historia del cine y del teatro.

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