Opinión | Tribuna Libre

Andrés Pacheco Guevara

La inspección

Freepik

Freepik

Allá por los primeros ochenta del siglo pasado me encontraba destinado en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Huércal Overa, ciudad que encabezaba entonces un enorme partido judicial, pues su territorio abarcaba lo que hoy día son tres, el propio y los de Vélez Rubio y Purchena, es decir, casi media provincia de Almería.

En nuestro país, los juzgados y tribunales, como todos los órganos del resto de las Administraciones públicas, están sometidos a periódicas inspecciones, destinadas a controlar el funcionamiento de cada uno de ellos y la adecuación de su trabajo a los baremos de producción anticipadamente marcados. Pues bien, el presidente de la entonces Audiencia Territorial de Granada, hoy Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, decidió, tras varias suspensiones por motivos oficiales o personales, desplazarse a ese pueblo, lindante ya con la Región de Murcia, para revisar sus Juzgados, estando encabezado el de Primera Instancia por mi gran amigo y compañero de oposiciones Ángel Belmonte, él como secretario y yo como juez.

Ángel, más avezado en cuestiones de protocolo, se encargó de organizar la jornada, teniendo en cuenta que el inspector era un rigurosísimo personaje que exigía un amplio formalismo, que comenzaba por la vestimenta de los protagonistas de la visita y terminaba con una exhaustiva y pormenorizada revisión de todos los expedientes que se encontraban en trámite en esas fechas.

Tras días de intensos preparativos y tras la exposición en el despacho del juez de varios montones con los pleitos y diligencias penales de toda índole para su estudio cuando apareciese, llegó el día anunciado. Juez, secretario, personal del juzgado, abogados y procuradores del partido y hasta el notario y el registrador allí destinados formamos la ‘línea de saludo’ a las puertas del juzgado y a las once de la mañana en punto el señor presidente llegó por dirección prohibida en un vehículo oficial con banderita y escoltado por varios motoristas de la Guardia Civil. Precisamente un general jubilado de este cuerpo que residía allí nos acompañaba también, pues tenía gran amistad con don Francisco.

Por supuesto, tanto él como los demás, íbamos de negro riguroso, con corbata del mismo color, algo siempre reclamado por nuestro jefe. Al descender del Audi, nos saludó con gravedad y se introdujo en la sede judicial.

Lo que seguro que ignoraba el señor es que unos minutos antes se había celebrado un entierro en la iglesia situada muy cerca de allí, lo que provocó que todos los asistentes a esas exequias fúnebres nos tomaran por dolientes y nos diesen respetuosamente el pésame, sin que nadie de la comitiva les aclarase que nada teníamos que ver con el finado ni con su familia.

Cuatro horas nos tuvo de pie delante suyo mientras observaba los asuntos y tomaba amplias notas, siempre acompañado de otro secretario judicial que incorporó a la visita.

A los únicos que ofreció un sillón fue al notario y al registrador de la plaza, y también a su amigo el general, como es lógico.

Nada que comentar de la contemplación del trabajo, pues nada nos comentó él, que se limitó a manifestarnos que recibiríamos en un par de semanas el consiguiente informe para que pudiésemos formular alegaciones. Cualquiera se atrevía.

Ni que decir tiene que durante el transcurso de esas horas no dejó de dar instrucciones por teléfono a cuantos le llamaban desde la Real Chancillería de Granada, donde estaba ubicada la referida Audiencia Territorial. 

Aguantó estoicamente el tirón, y los demás con él, debiéndose observar que era un mes ya cercano al verano y que no había aire acondicionado en el juzgado. Se limitó a pedir un par de veces agua fresca, sólo para él, claro está.

Y al final de la mañana, saltó la alarma. Nos comunicó que quería visitar el archivo. Ángel y yo palidecimos, pues de pronto nos vimos sometidos a sendos expedientes, ya que ese espacio, emplazado en el sótano de la vieja casa que albergaba el juzgado, no se había limpiado ni, por supuesto, ordenado desde hacía años. Y el querido secretario tuvo entonces una idea luminosa. Dirigiéndose al agente judicial le espetó lo siguiente: «Paco, ¿sabe si se han ido ya las ratas que había abajo?». El presidente paró en seco y nos comunicó que dejaría esa habitación para la próxima visita, pues tenía prisa en volver a Granada.

Recobrada la calma, salimos a despedirlo a la puerta con la misma formalidad que lo habíamos recibido, donde los motoristas lo esperaban para trasladarlo al mejor restaurante de la zona, sito en Vera, donde comió, por supuesto, sólo con el general. Esto es todo lo que dio de sí tan inquietante inspección, quedándonos a la espera de su informe sobre la visita, que, por cierto, no fue laudatorio, pero tampoco desfavorable

 Siempre le agradeceré a mi compañero y amigo su brillante intervención, pues nos jugábamos el tipo los dos si ese hombre llega a pisar el archivo.

Suscríbete para seguir leyendo