Opinión

juan josé millás

Dos tumbas gemelas

Aquel lunes me dediqué a observar los zapatos de la gente, primero en la calle, luego en el autobús y en el metro, y en los bares y en las cafeterías. Los observé en los ascensores y en la oficina de correos y en la tienda de proximidad, y hasta en el escaparate de la zapatería, donde los había a pares y de todas las clases: de discoteca, de iglesia, de deporte, de vestir, de tacón alto, de tacón bajo, etc. Enterramos a los muertos con zapatos para que los pies no se les escapen como ratas que huyeran de la quema. Un 80% de los zapatos que vi estaban tristes, aunque las bocas de sus dueños rieran a un metro sesenta o setenta de distancia de ellos. Tristes y resignados, como se quedan por la noche debajo de la cama.

Cerca de casa, descubrí en medio de la acera un zapato divorciado o viudo, no sabría decirlo, pero el otro no estaba. Era un mocasín barato, aunque de líneas deportivas, pretencioso, por entendernos. Una especie de quiero y de no puedo. Pertenecía al pie derecho y todavía respiraba cuando lo arrojé al contenedor de los restos orgánicos. ¡Qué invento, el de los zapatos, pensé, con sus intestinos de calcetines negros o azules en los que se digieren los pobres dedos atrofiados de las extremidades inferiores!

Al día siguiente de este safari, me tumbé en el diván de mi psicoanalista y vi allá, a lo lejos, la punta de los míos, que eran negros y de cordón, como yo, que también soy negro y de cordón. Lo dije en voz alta:

—Soy negro y de cordón.

—¿Qué quiere decir? —preguntó ella.

Entonces no supe explicárselo, aunque soy negro y de cordón desde que tengo memoria, desde niño. Ya recién nacido era un bebé negro y de cordón. Le hablé, en cambio, de los zapatos últimos de mi madre, deformados por el peso de ella, de su vida, los zapatos con los que la enterramos. La psicóloga emitió un ‘hum’ sin significado. Esa misma tarde, cuando les pedí a los alumnos del taller de escritura que escribieran sobre sus zapatos, bajaron la vista y se los estuvieron contemplando un rato con el gesto contrito del que se asoma a dos tumbas pequeñas y gemelas.