Opinión | Salud y Rock 'n' roll

El tiempo

 Hasta que no nos cambia la vida, no nos damos cuenta de la importancia de valorar lo que tenemos, de no dejarnos arrastrar por la rutina, por la inercia de la vida

Unsplash

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Conforme la vida pasa, el tiempo se mide de diferente manera. Tengo 46 años y hasta hace muy poco en mi cabeza todo el mundo cumplía años, menos yo. Me ha encantado cumplir años, celebrar, decir sin tapujos la edad que cumplía, no le daba importancia, creo que no era consciente de la importancia que tiene el tiempo, pasa y no vuelve. 

Ahora no es que me moleste cumplirlos, pero reconozco que me planteo cosas que antes no hacía. Mi percepción ha cambiado, el año pasado fue la primera vez que me dio vértigo cumplir años; de repente, en mi mente el reloj de arena vital se había dado la vuelta. El paso del tiempo no me preocupa por mí, empezó a preocuparme por las personas a las que quiero, su reloj de arena empezaba a agotarse, y así ha sido. 

La persona a la que más quiero se ha ido y, de repente, la medida del tiempo ha cambiado; los días son años, el tiempo se mide de otra manera, nada volverá a ser como antes. Lo curioso es que hasta que no nos cambia la vida, no nos damos cuenta de la importancia de valorar lo que tenemos, de no dejarnos arrastrar por la rutina, por la inercia de la vida. Y les puedo asegurar que no ha sido mi caso, desde hace mucho tiempo he valorado cada segundo vivido. La enfermedad hace años me hizo valorar la importancia de lo importante: decir «te quiero», cuidar a los míos, un baño en el mar un día cualquiera, una cerveza fría al sol con amigas, un baile en Kobetamendi o un plato de anchoas en Casa Rufo. 

La vida te enseña a valorar los instantes, como decía Borges, aunque el poema se le atribuya a otro. Un helado de pistacho y chocolate, una paella de puerros y gambas en el Aku Aku. Conducir o fregar platos son de las cosas que más me relajan, los lujos de la vida para mí son las cosas sencillas. Un libro, la playa, navegar y volcar un láser en el Mar Menor. Bailar, un concierto de Los Planetas o Xoel López, mirar la luna llena o bañarme desnuda en el mar, algo que descubrí hace poco y me arrepiento de haber tenido tantos prejuicios y no haberlo hecho antes. Todo esto tenía sentido antes de que mamá se fuera, lo que ocurre es que ahora que se ha ido, algo ha cambiado.  

La importancia del tiempo, es algo que no nos planteamos, en lo que no pensamos y ¡qué equivocados estamos!

Esta columna les puede parecer un topicazo, pero, de verdad, háganme caso, porque cuando pierdes a las personas que más quieres, nada vuelve a ser igual, nada. La mirada ante todo cambia, el tiempo y la manera de medirlo también cambia, la vida duele y no deja de doler, pero según me cuentan:«Las cosas no volverán a ser iguales, pero volverán a estar bien», aunque yo ahora sea incapaz de verlo. 

Lo único que me consuela un poco es que a pesar del dolor y el vacío, me siento en paz y llena de amor, no me he dejado nada por hacer, habría seguido cuidándola toda la vida, creo además que no sé hacer otra cosa que cuidarla, y por eso ahora estoy tan perdida. Pero hay que saber dejar ir, entender que la vida y la enfermedad agota y que ella necesitaba descansar, aunque el dolor sea insoportable. Cada día le decía que la quería, y ella me respondía: «No me quieras tanto, porque el día que me pase algo, lo vas a pasar muy mal» y qué razón tenía. 

Ahora que se ha ido, conforme pasa el tiempo el dolor se agudiza, paso por todos los estados de ánimo en un día, lo que viene siendo una montaña rusa de emociones, y les garantizo que odio los parques de atracciones. 

No pierdan el tiempo, lo que no hagan, digan o sientan ahora, no va a volver.

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