Opinión | Noticias del Antropoceno

Polaroid y el formato de nuestros recuerdos

Es el décimo cumpleaños de Clara y, como es habitual en nuestra civilización de la superabundancia, la pregunta es qué regalarle a una niña que tiene todo lo que necesita y muchas cosas de las que no necesita. Es muy pequeña aún para regalarle un teléfono móvil, que es lo que a cualquier preadolescente le gustaría que le regalaran. Y no por mí, que lo haría sin dudarlo, sino porque a su madre helicóptero, mi hija Rocío por más señas, no le haría ni puñetera gracia.  

Mi ocurrencia, después de mucho sopesarlo, ha sido regalarle una cámara Polaroid que, aunque parezca mentira, se siguen fabricando y vendiendo. Es curioso que un invento tan antiguo como las Polaroid haya encontrado una nueva vida en la sociedad de los teléfonos móviles y la fotografía digital de alta resolución. Y es que la fotografía que se revela sobre la marcha, impresa en un papel especial, se adapta perfectamente a una característica esencial de los chavales, que lo quieren todo y ya.

La Polaroid, un invento que impresionó a la sociedad desde el primer instante, se presentó hace casi 80 años. Es curioso pensar que, a partir de su décimo cumpleaños, mi nieta tendrá almacenados parte de sus recuerdos en ese peculiar formato, tan particular que ha sido objeto de grandes exposiciones por parte de afamados fotógrafos contemporáneos.

Personalmente he sido muy consciente toda mi vida de la importancia que cobrarían las fotos y los vídeos cuando fuera mayor, cosa que ha sucedido mucho antes de lo que imaginaba. De lo que no fui consciente en ningún momento fue del valor añadido que aportaría el formato de esos recuerdos. A estas alturas me arrepiento de las polaroid, las diapositivas y las fotos convencionales que no hice en su momento. Y me alegro mucho de las más de cien horas que tengo almacenadas en soporte original y volcadas en un disco duro de vídeos en 8 mm, super 8, Hi8 y mini DVD. Eso, por no mencionar los 80 gigas con fotografías y pequeños clips de los vídeos de mis nietos que desde hace diez años me envía Rocío por Whatsapp. 

Si lo piensas un momento, esos recuerdos en esos formatos son lo que quedará de nosotros. Seremos la primera generación cuyos tataranietos podrán ver y oír tal como nos movíamos y tal como sonábamos, cortesía de una sorprendente sociedad digital.

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