Opinión | Punto de vista

Los dueños de la pelota

Nuestro modo de vida actual, que está dejando Black Mirror al nivel de La casa de la pradera, de hiperconectividad sin descanso, nos impide recuperar, queramos o no, ese estado pasado de paciencia y fuego lento

Composición de Héctor Uroz Rodríguez.

Composición de Héctor Uroz Rodríguez.

El psicólogo Buenaventura del Charco, en su excelente ensayo titulado Hasta los cojones del pensamiento positivo (Samarcanda, 2021), destaca cómo la única manera de afrontar los problemas de la vida es no negarlos. Denuncia que la ‘filosofía’ del coaching homeopático de purpurina y mensajitos en tazas, que promulga centrarse únicamente en lo positivo y en lo bueno, solo consigue enquistar los problemas. Sentirse mal o tener miedo es una respuesta biológica que no se puede -ni debe- evitar.

Y es que ser positivo siempre y ante todo, superarse y crecer hasta la hipertrofia, se ha convertido en un dogma que, a la larga, solo genera frustración. E infelicidad y sentimiento de culpa. «Si la vida te da limones, hazte una limonada». No, oiga. La limonada, si no se endulza y trata artificialmente, sigue estando amarga. Incluso en Murcia. Y, desde luego, un problema no tiene por qué ser una oportunidad para crecer, a no ser que seas dueño de una multinacional, un comisionista o un político de la oposición.

Hace no mucho, la gente sabía -sabíamos- convivir con el dolor, la decepción y el sosiego. Impregnaban cualquier gesto cotidiano (como, por ejemplo, calentar un plato de comida). Pero nuestro modo de vida actual, que está dejando Black Mirror al nivel de La casa de la pradera, de hiperconectividad sin descanso, nos impide recuperar, queramos o no, ese estado pasado de paciencia y fuego lento. Y sucede sobre la base de una idea del progreso centrada en la tecnología que no nos hace esencialmente mejores, sino que tan solo nos ofrece un nuevo abanico de posibilidades donde meter la pata de forma distinta, mientras seguimos cometiendo los errores de siempre. Atrancados en la rueda oxidada de un sistema socioeconómico tuneado en tiempos de Thatcher y Reagan, y que, después de las recientes crisis, se ha demostrado completamente agotado. Todo ello en una sociedad sin conciencia de clase o directamente desclasada, con el neofascismo ‘ad portas’.

Pues bien, hace unos días se viralizó -qué oportuna expresión- un vídeo con un discurso de Roger Federer ante graduados universitarios de la Universidad de Dartmouth. A simple vista, parece la charla motivacional perfecta. Rezumaba humildad, optimismo, resiliencia y, en cierta medida, estoicismo: la vida son altibajos; aguanta como un campeón; siempre habrá otra oportunidad; fuerza una sonrisa y sigue adelante… Federer subrayaba que había ganado el 80% de partidos acertando solo el 54 % de los puntos. Pero, claro, es tenis (con ese porcentaje de acierto en pases, Kroos no habría jugado ni en regional). Y, no se olvide, estamos hablando de uno de los tenistas mejor dotados de la historia, con el poder técnico de enmendar sus errores en el siguiente punto.

En el mundo real a veces no hay un siguiente partido, ni un árbitro observando. Ni el trabajo duro tiene por qué obtener recompensa. En realidad, la cultura del esfuerzo y la competitividad está entre lo más tóxico, engañoso y cínico del sistema en el que vivimos. Es el unicornio de nuestra generación. Hay multitud de factores que intervienen en el éxito, fuera de toda responsabilidad individual. Los deportistas de élite, de un deporte individual y algo elitista para más inri, no pueden ser tomados como gurús por Juani de Mazarrón. Federer se dirige ante graduados universitarios de una de las universidades más prestigiosas y elitistas de EE UU, a los dueños de la pelota.

Lo que yo le diría a un graduado de universidad pública española es que conseguir el trabajo que se quiere, ganar más o menos dinero, sentirse realizado, incluso aprobar una oposición, no depende en exclusiva del empeño que se ponga en ello, ni siquiera de la valía o del talento. Porque la vida es, a veces, tremendamente injusta. Ahora bien, sin ese esfuerzo no llegarás muy lejos. Al egresado medio le recomendaría que se esmerase en encontrar su mejor versión, midiendo en tiempo y forma sus aspiraciones. Hay que ser conscientes de los límites de cada uno y su coyuntura, del lugar que ocupa en el mundo, y cómo mejorarlo, con la solidaridad y tolerancia por delante. Y si todavía no sabe qué quiere hacer con su vida, que no se agobie. Es lo normal, y es hasta necesario. Escuece pasar del «ser o no ser» al «comer o no comer». Pero que no tome decisiones sobre su futuro profesional exclusivamente para agradar a la familia o a la pareja, o a los amigos. Algunos de ellos ni siquiera formarán parte de ese porvenir.

Al recién graduado universitario le recordaría que tener una carrera no le hace mejor persona. Que la cultura se muestra sabiendo adaptarse a cada situación. Y que la excelencia radica, sobre todo, en la capacidad de hacer lo correcto cuando nadie mira. Entre ‘Mr. Wonderful’ y el estoicismo heroico existe un universo de matices por descubrir. La vida real no funciona con las reglas del deporte -y menos con las de los deportistas de élite-, aunque alguna universidad privada lo patrocine. 

Los dueños de la pelota.

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