Opinión | Tribuna Libre

Andrés Pacheco Guevara

El arrepentimiento

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Bien conocida es en el ámbito judicial la siniestra figura del testigo falso, persona que se presta a declarar ante un juez o un tribunal para ayudar a otro, o a otros, a salir indemnes o lo mejor parados posible de un procedimiento dirigido contra los mismos. Esta nefasta actitud cobra especial relieve en la jurisdicción penal, pues la prueba testifical puede llegar a ser determinante para la obtención de un fallo absolutorio o condenatorio. Lógicamente, la Ley de Enjuiciamiento Criminal establece resortes para valorar convenientemente ese medio de acreditación, aparte del control, conocimientos y experiencia de quienes juzgan, a veces jurados, es decir, miembros de la sociedad sin capacidad técnica para bucear en la intención de quienes prestan declaración.

Es en el terreno de las agresiones sexuales en donde hay que andar con más cuidado, pues, normalmente, ese tipo de delitos se cometen con ausencia total de personas que los presencien, siendo, sin embargo, de capital importancia para la elaboración de un veredicto la declaración de alguien que asegura que ha visto con sus propios ojos lo que ha pasado.

Y es ahí en donde a veces anida la falsedad, maniobra que en otras ocasiones no consiste en decir lo que se vio, sino en asegurar que ese día y a esa hora vio en distinto lugar al denunciado por la víctima de la agresión. Y eso es lo que pasó hace ya varias décadas, cuando la Audiencia Provincial de Almería, de la que yo formaba parte, estaba juzgando un presunto delito de violación, entonces y ahora fuertemente castigado por el Código Penal. Una mujer, trabajadora de uno de los muchísimos invernaderos que hay en el poniente almeriense, acusó con nombre y apellidos al hombre que la había abordado y penetrado por la fuerza y sin su consentimiento. La jornada laboral había terminado y, al parecer, ambos estaban solos en el momento de los hechos.

Nadie había visto nada y solo existían dos declaraciones abiertamente contradictorias, la de ella, narrando el incidente con todo lujo de detalles e identificando al autor, y la de él, negando contundentemente que se hubiese cruzado con ella esa tarde, aparte de afirmar que en la hora señalada estaba con otros compañeros en un bar cercano jugando una partida de dominó.

Durante la instrucción del caso, la balanza basculaba cada vez más en favor del denunciado, pues la tan nombrada y manoseada presunción de inocencia es algo que realmente vincula a los juzgadores, siendo las acusaciones, y especialmente la del Ministerio Fiscal, las que han de neutralizarla, demostrando la culpabilidad, de suerte que si no lo logran, allí no ha pasado nada, por más que el juez intuya que hay autoría respecto de cualquier ilícito.

Pues bien, dada la gravedad de aquel presunto delito, fue la Audiencia la que celebró el correspondiente juicio oral y, durante la vista, la mujer insistió en lo siempre narrado, y el acusado se mantuvo igualmente firme en su postura de no reconocer absolutamente nada.

Pero hasta cinco testigos aseguraron al Tribunal que esa tarde estuvieron en el bar con el acusado. Todo parecía decantarse, por tanto, en favor de la absolución y hasta el Ministerio Fiscal informó que a efectos formales mantenía su acusación, pero que no recurriría una sentencia absolutoria.

Terminada la vista, el presidente del Tribunal le dio la última palabra, como es preceptivo, al acusado, quien en ese momento comenzó a llorar y visiblemente afectado nos manifestó lo siguiente: «Todo lo que se ha dicho aquí esta mañana es mentira. Me se fue la cabeza». El abogado defensor levantó el paquete de folios que llevaba y los lanzó bruscamente sobre la mesa, pidiendo perdón seguidamente.

Y así terminó la vista, esto es, con el espontáneo arrepentimiento del violador. Luego, ya informalmente, nos dijo que no hubiera vivido tranquilo el resto de sus días con la carga, no solo de haber abusado de una compañera de trabajo, sino de haberla ridiculizado ante un Tribunal de Justicia. Su actitud fue muy tenida en cuenta en la sentencia, evidentemente condenatoria, pero con la aplicación de la atenuante de arrepentimiento, este tardío, pero efectivo.

Y se dedujeron los correspondientes testimonios para que el juzgado de guardia instruyera procedimientos por el delito de falso testimonio en causa penal contra aquellos amigos que sostuvieron que pasaron una plácida tarde jugando al dominó con aquel desgraciado.

Quienes lean esto pueden asumir la importancia de la prueba testifical en las causas criminales y también la absoluta vileza que supone hacerle el favor a un amigo declarando falsedades ante la Justicia para beneficiarlo en cualquier proceso.

Pero, desgraciadamente, este fenómeno es muy frecuente. Así son las cosas. 

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