Opinión | Tribuna Libre

Patricio Hernández

La izquierda en tiempo de emergencia (democrática, ecológica, social)

La izquierda más lúcida tiene una certeza básica: solo un cambio civilizatorio evitará que el futuro sea una realidad catastrófica

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard

Un fantasma recorre Europa (y parte del mundo), pero no es el que señalara el viejo Marx, sino el que representan las radicalizadas derechas nacionalistas y autoritarias que amenazan en todas partes los valores democráticos. Tras las recientes elecciones europeas constituyen ya el 25% de la Eurocámara (hace veinte años era el 10%). Han sido los partidos más votados en seis países y los segundos en otros seis de la UE. El 7 de julio pueden hacerse con el Gobierno en Francia, y si cae Francia las consecuencias se sufrirán en toda Europa. En noviembre de este mismo año, la pesadilla de Trump puede regresar con repercusiones mundiales.

El primer efecto de este ascenso ultra es que contaminan a la derecha democrática y hacen girar la agenda política hacia los temas y las soluciones que impulsan. El mejor ejemplo es el cuestionamiento de la Agenda Verde en las recientes elecciones europeas, que ha dejado en muy mal lugar electoral a los partidos verdes. Por su parte, las izquierdas resisten mal en todas partes. Estas fuerzas reaccionarias parecen, como dice Alba Rico, haber ganado las guerras culturales (tal vez con la excepción no menor del discurso feminista), y como sabemos desde Gramsci, quien consigue la hegemonía cultural termina por conseguir el poder político. Así, una tímida política socialdemócrata, si bien lejos de los programas mucho más transformadores de la socialdemocracia europea de los años setenta -con Palme, Brandt o Kreisky- e incluso en política fiscal, del ‘New Deal’ de Roosevelt en los años treinta y las décadas siguientes, es hoy tildada por nuestra derecha de comunista y extremista, sin que produzca escándalo. Si se trasladaran los resultados de las europeas a unas elecciones generales, gobernaría ahora España una derecha radicalizada aliada con la extrema derecha.

Las condiciones de la política tradicional están cambiando aceleradamente. Como dice el politólogo Ivan Krastev, nuestras sociedades se están fragmentando y polarizando. «Ya no hay sentido común, porque nada es común, hay una historia fragmentada en la que diferentes grupos de personas se suscriben a una idea muy diferente de lo que es la realidad». Así podemos entender que un ‘free raider’ reaccionario como Alvise consiga inesperadamente igualar casi en votos a Sumar usando exclusivamente sus redes sociales. Solo comprendiendo cabalmente estos cambios habrá una posibilidad de transformación.

Pero no todos los problemas vienen de fuera para la izquierda: su inveterado instinto divisivo y autodestructivo no cesa. Sumar ha pasado en menos de un año del 12,33% en las generales de 2023, al 4,65% en estas europeas. Y ha entrado en crisis. Por su parte, Podemos (3,28% en las elecciones que le son más favorables) parece instalado en la sectaria política kamikaze de morir lentamente con la indisimulada satisfacción de dañar mientras tanto a sus adversarios de izquierda. Los problemas del hiperliderazgo carismático y la verticalización de las decisiones que le acompaña han desinflado la esperanza de mucha gente en esta izquierda, orientándose a la abstención o al voto útil al PSOE, ante la amenaza de unas derechas radicalizadas. Reconstruir ese espacio político a la izquierda del PSOE es ahora una tarea muy complicada. Miramos con envidia a la muy plural izquierda francesa capaz de coaligarse en un Nuevo Frente Popular, superando muchas diferencias en temas tan divisivos como la guerra de Ucrania o el genocidio palestino; una propuesta que quizás sea ya la única posibilidad de detener a la ultraderecha lepenista en las próximas legislativas francesas. Comprobamos así la rapidez de respuesta y la madurez que le falta aún a la izquierda española, enfrentada a adversarios no menos inquietantes y próximos a su completa victoria electoral (ya tienen la mayoría en muchas comunidades y ayuntamientos).

Una izquierda tiene que responder en dos campos complementarios: el de la realidad material y el simbólico, el que mueve las emociones que son clave para determinar el voto. En la realidad material debe profundizar una acción política que, una vez en el Gobierno, de respuesta a los problemas de la ciudadanía. Se han hecho muchas cosas, pero aún es muy insuficiente este impulso reformista. Esto se percibe fácilmente en ámbitos como la vivienda o la sanidad, y sirve de poco que se intente explicar que cada nivel de la Administración tiene sus propias competencias de las que debe responsabilizarse. Ahora la nueva arquitectura parlamentaria hace más difícil esta adopción de medidas que mejoren en lo concreto la vida de las personas. En esa insuficiencia material se apoya la decepción por lo que Bobbio llamaba las promesas incumplidas de la democracia. Pero no basta con la certidumbre material: si fuera suficiente los 12 millones de pensionistas que han visto mejorar sustancialmente sus pensiones por el gobierno de la izquierda en los tres últimos años respecto a los de la derecha, votarían masivamente por aquel. Hay muchas personas que votan por sus principios y contra sus intereses, en todas las clases sociales, pero es particularmente sangrante cuando estas personas pertenecen a los sectores con menos renta que canalizan su rabia votando contra los gobiernos que más les pueden favorecer. Por eso hace falta también la política de gestos, que, sin embargo, le funciona mejor a la derecha que a la izquierda: el apoyo al pueblo palestino tiene sentido para una mayoría social.

El problema principal al que se enfrentan las fuerzas que llamamos de izquierda tiene que ver, a mi juicio, con la contradicción que supone gestionar y mejorar un modelo que es un gran logro civilizatorio (el Estado del bienestar) que depende de un sistema (el capitalismo) que no puede mantenerse sin provocar graves amenazas existenciales para todas las formas de vida. La izquierda más lúcida tiene una certeza básica: solo un cambio civilizatorio evitará que el futuro sea una realidad catastrófica. Pero esa transición a otro sistema es de una enorme complejidad y dificultad. Como dice Riechmann hablando de la crisis ecológica: lo que es ecológicamente necesario es políticamente imposible, y entonces corremos el riesgo de desencantarnos ante la impotencia de no poder cambiar aquello que, sin embargo, es imprescindible.

Esa gran transformación que necesitamos requiere en primer lugar un gran acompañamiento social: una población con una cultura política democrática muy madura y un plan de transición justa que permita compensar a los sectores que más van a perder, lo que a su vez requiere unos consensos políticos básicos de los que carecemos, esto es, que nadie quiera sacar ventaja alimentando los agravios y exacerbando los conflictos.

Pero ¿alguien puede creer en esto viendo la derecha que tenemos?

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