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La misión del testigo

El grito de las víctimas del Patronato está muy próximo en el tiempo; todavía no se le ha dado el reconocimiento adecuado, ni ha tenido la suficiente difusión pública y mediática

Mujeres en el Patronato de Protección de la Mujer.

Mujeres en el Patronato de Protección de la Mujer. / RTVE

Sabemos de la existencia de fuerzas ancestrales que no cejan en su empeño de silenciar a las mujeres. Pero seguimos alzando la voz, esa que no teníamos pero hemos conquistado, con tanto sufrimiento congénere, por cierto. Mucho queda por decir y todo por afianzar, pues lo conseguido vuelve a estar amenazado por las mismas fuerzas que siempre quisieron mantenernos silenciadas.

Ya no podemos callar: el Patronato de Protección de la Mujer cometió crímenes contra las internas a su cargo desde 1942 hasta 1985, que aún precisan de restauración y de quedar reconocidos como tales por parte de la Ley de Memoria Histórica.

Dicha institución, una endiablada estructura franquista de centros supuestamente educativos y asistenciales: reformatorios, orfanatos y maternidades; regentados y dirigidos por diversas órdenes religiosas femeninas, ostentaba el poder del control sobre los cuerpos, las mentes y, sobre todo, la sexualidad de sus internas.

El grito de las víctimas del Patronato está muy próximo en el tiempo; todavía no se le ha dado el reconocimiento adecuado, ni ha tenido la suficiente difusión pública y mediática. Aunque, de unos a años acá, están saliendo a la luz trabajos de investigación histórica, publicaciones biográficas, documentales y entrevistas (todos ellos de fácil acceso en internet),pero sigue habiendo una profunda desinformación en torno al tema. Para gran parte de la ciudadanía, el desconocimiento es absoluto.

Una especie de nebulosa desatenta contribuyó junto con el desprecio colectivo por las internas, y la complacencia por el beneficio económico que aportaban a sus custodias, a que el Patronato de Protección a la Mujer fuera la estructura más longeva del régimen franquista, manteniéndose vigente hasta 1985. ¡Una década después de la muerte del dictador, del pacto de la Transición, tras la liberación de los presos políticos por la ley de amnistía, con la democracia instaurada, e incluso con varios años de un gobierno socialista al frente de la nación! Sucedió porque a nadie le importaba las internadas, no había interés en ocultar. Al contrario, los responsables civiles y religiosos presumían del Patronato y de la labor que asumía.

En cuanto a la cuestión de los registros administrativos y el acceso a ellos, hay mucha variabilidad según los centros y las zonas geográficas donde se ubicaran. Por ejemplo, mientras que en Lugo todo quedó registrado desde 1942 hasta el último día de actividad, a cargo de la administración civil, en Andalucía, los documentos quedaron bajo la custodia de las diversas órdenes religiosas que, reacias a ponerlos a disposición de estudiosos o historiadores, dificultan cualquier intento de investigación.

Contribuimos a la divulgación de los testimonios de mujeres que, estando ahora en torno a la ‘tercera edad’, en su niñez o juventud pasaron años ingresadas en un régimen paracarcelario, en situación de esclavitud laboral y padeciendo todo tipo de abusos morales, físicos y psicológicos. Sin haber sido juzgadas ni sancionadas por tribunal penal alguno, cumplieron una condena, sin acotación de tiempo, en alguno de los centros del mencionado ‘Patronato de Protección a la Mujer’ -a la mujer ‘extraviada’, para más señas-. Cuya finalidad era «atender a la mujer caída y ayudar a la que estaba en peligro de caer». Tal declaración de intenciones logra meternos en el ambiente represor franquista y ponernos los pelos de punta, la conmoción aumenta conforme se van conociendo detalles. Pecado y delito se condensaron. Esto solo sucedió con las mujeres, fueron penadas sin cometer delito, el señalamiento de un supuesto pecado bastaba para su reclusión.

A dos de estas mujeres las hemos escuchado en una entrevista reciente en La ventana, de la SER. Son Consuelo García del Cid y Mariajes López. Lo que relatan nos espeluzna. Al igual que Primo Levi en su día, ellas han sido víctimas de un horror y han sobrevivido. Al igual que él hizo, también ellas asumen la responsabilidad del testigo, cuentan: «¡Pero allí no se protegía a nadie!» denuncia Consuelo. «¡Allí se escondía lo que no se quería ver!»: embarazos, rebeldías juveniles, desafecciones al régimen; incluso estupros, violaciones o incestos. «A las lesbianas las trasladaban a los psiquiátricos de Ciempozuelos o de Arévalo, donde las freían a electroshocks. Muchas murieron». Consuelo ya lleva cuatro libros escritos al respecto.

Mariajes también narra lo suyo. Ella ingresó en el orfelinato; permaneció desde los ocho años hasta los trece. Cuando publica su libro Por caridad ya tiene 55 años, ha necesitado 42 años de elaboración del trauma y de investigación para descubrir que no se trató de un caso aislado, que ella fue una víctima sobreviviente de una red organizada de sometimiento, abuso, maltrato y explotación laboral contra niñas, muchachas y mujeres. Una trama que atrapó unas 200.000 inocentes por toda la geografía nacional. Se reconoce testigo de una masacre, asume y declara su misión. Dar testimonio:

«Podíamos llegar a hacer hasta 150 cruces en el suelo con la lengua como castigo, dependía del humor de la hermana», «trabajábamos sin parar limpiando, fregando y en los talleres, rieles para cortinas, ensobrando cromos, poniendo gomas a las tarjetas de las maletas. Eran trabajos para comercios y marcas, el beneficio económico se lo embolsaban las órdenes que nos custodiaban, que a su vez recibían la correspondiente subvención estatal por asumir nuestra reeducación. Allí no se hacía nada por caridad, aquello era un negocio a gran escala, a nuestra costa, que generaba muchísima ganancia».

En 1982, el año del mundial de fútbol, el de Naranjito, los niños felices acudían al quiosco a buscar sus sobres de cromos de futbolistas. Los mismos que unas niñas de corta edad habían ensobrado y pegado en los talleres en los que, para su redención, trabajaban en régimen cercano a la esclavitud. También ese año, por visita del papa Juan Pablo II, miles y miles de bolsas se repartieron entre las multitudes que se concentraron para aclamarlo. Las mismas que jóvenes madres de bebés bastardos, se esforzaban por preparar, apuradas por llegar a la cota establecida, la que les permitía poder acudir a amamantar a sus retoños que esperaban desquiciados a sus pechos doloridos por la hinchazón de la demora.

En el seno de los muñecos de peluche, que Consuelo y sus compañeras rellenaban con caramelos para ser vendidos por una afamada compañía comercial, introducían papeles con mensajes de socorro, avisando de su situación y de su ubicación. A día de hoy todavía se pregunta cómo es posible que nadie mostrara el más mínimo acuse de recibo ante esas peticiones de ayuda.

Nosotras atendemos al grito. 

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