Opinión | Lo veo así

Persuadir con argumentos, con la palabra

A algunos políticos les vendría bien leer El mundo en la palabra, de David Pujante

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard

Oyendo las declaraciones de la mayoría de los políticos que habitan nuestro país y sus intervenciones en los distintos parlamentos -donde no se atisba en ellas ningún respeto por el oponente-, donde parece haber desaparecido la capacidad de argumentar para defender sus tesis, si es que las tienen, es inevitable que nos dejemos llevar por la melancolía. Quizás, porque es fácil añorar las buenas formas de aquel pasado que nos retrotrae a las intervenciones de los distintos políticos en el Parlamento español, en plena transición democrática, cuando personajes de procedencia tan dispar como Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Santiago Carrillo y Felipe González, entre otros, hacían uso de un lenguaje acorde con el escenario en el que intervenían, defendiendo con calor sus ideas, pero obviando la zafiedad y el mal estilo que parece reinar ahora en la vida parlamentaria.

Y no se trata de que nuestros políticos aboguen por tomar alguna que otra clase de retórica, eso que «se ocupa de discursos cuya finalidad es influir en los receptores y considera que la discursividad es uno de los principales rasgos de la retórica, puesto que permite construir y pronunciar discursos que cumplen todos los requisitos textuales y comunicativos para la argumentación de las tesis propuestas». No, se trata de que sean capaces de argumentar sin faltar al adversario. De defender sus ideas sin descalificar las de los demás. Se trata de ser capaces de persuadir con los argumentos, con la palabra, que quizás tenga que ver con la educación, «el proceso de facilitar el refinamiento de habilidades o capacidades propias del individuo mediante el aprendizaje, la construcción de conocimientos o diversas experiencias, así como también de las virtudes, creencias, hábitos, u otras características del ser».

Pero, como visto lo visto, y oído lo oído, esto de persuadir con argumentos creo que no está a la altura de muchos, quizás les vendría bien leer lo último del catedrático y poeta de Cartagena, David Pujante, que acaba de publicar El Mundo en la palabra. Un libro pensado para este momento de tanto ruido y que, como dice Pujante, nace como una brújula para la era del pensamiento único, las teorías conspirativas y la acritud política. Quizás por ello el subtítulo de esta obra es tan categórico como «Retórica como antídoto de necedades».

Sí, muchos de nuestros políticos deberían de leerlo, porque el autor reivindica y actualiza la retórica como un aprendizaje imprescindible para el respeto, la convivencia y los conflictos en nuestra sociedad, donde habitan las fake news (hay quienes llegan a eurodiputados mintiendo y vociferando) y haters (esos personajes que en cualquier comunidad online critican, ofenden, difaman, discriminan y muestran un gran nivel de hostilidad en cada uno de sus comentarios) con discursos parciales e irreflexivos.

Yo estoy segura de que si muchos de esos políticos que usan las redes sociales como armas arrojadizas lo leyeran, descubrirían la importancia de la palabra y, seguramente, se darían cuanta de lo ridículo que se puede llegar a ser en esas redes. Porque compartimos el discurso del profesor Pujante cuando asevera que «la realidad en la que vivimos es una consecuencia de nuestro discursear», y que hemos de admitir que nunca conseguiremos que todos los humanos vean y entiendan el mundo de igual manera, pero pese a todo, hemos de entendernos y saber convivir.

Algo que en los últimos tiempos suena a ciencia ficción, porque parece haberse perdido la capacidad comprensiva, la capacidad analítica, y de la capacidad para el diálogo ni hablamos.

Albert Einstein dejó dicho: «La educación es lo que queda después de haber olvidado lo que se ha aprendido en la escuela». Pues eso. 

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