Opinión | La Feliz Gobernación

La ultraderecha son todos los demás

La mitad de los españoles han votado a la ultraderecha, según Sánchez, que incluye en ella al PP. Entonces ¿por qué se propone gobernar con los populares en Europa?

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / L.O.

Parecía que España se había salvado del auge de la ultraderecha en Europa. Nada que ver con lo ocurrido en la zona nuclear del continente político, Francia y Alemania. Pero, según el análisis de Pedro Sánchez, el país que preside ha desbordado a estos dos en cuanto a representación ultra en el Parlamento Europeo. Y esto porque incluye al PP en ese ámbito. Según el laboratorio de Moncloa, la ultraderecha española es una hidra de tres cabezas: PP, Vox y Alvise. Esto significa que el 48,4% de los españoles son ultraderechistas. Visto así, es muy alarmante, porque estaríamos hablando de la mitad de la población.

Es sorprendente, por tanto, que ya en Europa el PSOE coincida con el PP en apoyar la continuidad para el Ejecutivo comunitario de la conservadora Ursula von der Leyen, y que ambos partidos, registrados en sus respectivos grupos, vayan a compartir responsabilidades de Gobierno precisamente para mantener el espíritu de la ‘Europa social’, sustentada en una mayoría que ha resistido la emergencia de la ultraderecha en varios países. Esa circunstancia ha dado lugar a crisis internas nacionales, pero no ha sido suficiente para tumbar la alianza solvente de populares, socialistas y liberales que ha venido gobernando la Unión Europea. Es decir, en Europa el PSOE es socio del PP. ¿Significa esto que los socialistas se alían con la ultraderecha?

En poco tiempo, la vicepresidenta tercera de Sánchez, Teresa Ribera, se convertirá en comisaria de la Comisión Europea presidida por Von der Leyen, quien hace un par de semanas vino a España para participar en un mitin de apoyo al partido del ‘ultraderechista’ Núñez Feijóo. ¿Esto cómo se explica en el marco establecido por el presidente español para dibujar la adscripción ideológica de sus adversarios políticos?

La paradoja es que siendo PSOE y PP aliados en Europa, no lo serán quienes participan del Gobierno progresista en España, Sumar, o lo apoyan desde sus escaños, Podemos. La comisaria Ribera encontrará más complicidad del PP que del partido que hasta ahora lideraba Yolanda Díaz, quien ocupaba el sillón azul continuo al suyo en el Congreso de los Diputados.

La Resistencia

En Moncloa son duchos en creatividad política y cada semana estrenan nuevos conceptos para las sesiones de control al Gobierno: fachosfera, máquina del fango, las tres patas de la ultraderecha... Son términos equivalentes, dirigidos todos a deslegitimar a la oposición, no siempre a sus argumentos. De paso, tanta sobreactuación y tanto recurso hiperbólico infantiliza los debates y descubre a un presidente de escaso fondo político cuya zona de confort es el activismo partidista llevado al paroxismo, tan solo superado en expresividad escénica por su vicepresidenta primera, la folclórica María Jesús Montero.

Pero hay algo más perverso que la mera exhibición de desahogos. Sánchez, a falta de frutos de Gobierno que aportar, intenta estigmatizar a su oposición a fin de establecer la idea de que, aun a pesar de su inoperatividad, el demonio son los otros, de modo que los seguidistas que quieran creer en sus letanías deben preferirlo como mal menor. Prueba de esto es cómo ha sido descrito el resultado del PSOE según su propio consignario: resistencia. Tal vez ahora entendamos mejor el empeño de contratar a Broncano, cuyo programa se titula así, La Resistencia, para rematar las noticias de la noche en TVE.

Resistir es meritorio, pero poco estimulante para un proyecto ganador. Ofrece la impresión de supervivencia, lo que no traslada un mensaje positivo. Sánchez vive de los mensajes negativos. Con sus aspavientos apenas logra ocultar que se producen para crear cortinas de humo ante los casos de corrupción que le conciernen, así como también la mediocridad de su gestión. Ha de recurrir a datos de la macroeconomía para presumir de que todo va como un cohete, cuando la economía real que conocen de primera mano los ciudadanos está muy degradada con indicadores dramáticos sobre riesgos de pobreza, precariedad laboral, cesta de la compra y otros etcéteras. La macroeconomía, es decir, el Estado como empresa, va bien, pero los empleados de esa empresa, es decir, los ciudadanos, no tienen motivos para celebrarlo. Ante ese vacío toca ingeniar que el primer problema del país es la ultraderecha cuando en las elecciones europeas apenas ha repuntado Vox y lo del sumergido Alvise constituye, a efectos prácticos, una anécdota. Pareciera como si a Sánchez le hubiera irritado que España sea una excepción europea en la promoción ultraderechista, conveniente para sus intereses a fin de frenar al PP, y haya optado por asustar con la institución de Feijóo como líder real de los ultras.

De Barbero a Peinado

Sin embargo, a veces, los males que se intentan evitar procedentes del fantasma de la ultraderecha se presentan como bondades regeneradoras si los impulsa la izquierda. Por ejemplo, que a instancias del poder ejecutivo se limiten las competencias del judicial, que es lo que ha anunciado Sánchez. Una iniciativa de similar orden a la que promueven a su manera dirigentes indiscutibles de la ultraderecha europea, como Orban, o de la israelí, Netanyahu. Nos escandalizan ese tipo de medidas disolutivas cuando las promueven políticos indeseables, pero somos capaces de aplaudirlas si quien toma similar camino se titula progresista. Para hacer esto hay primero que sembrar todo tipo de suspicacias sobre la independencia de los jueces sin ocultar la absoluta dependencia de la Fiscalía, ahora envuelta en escándalo porque a pesar de todo no son de recibo determinados excesos. Del Barbero de Filesa al Peinado de Begoña al PSOE le molesta el look capilar de la judicatura.

Sumisión territorial

El PP, por su parte, anda también en la confusión. Tiene puestas sus complacencias en el progreso de los casos judiciales Koldo y Begoña, de un lado, y en la disposición de Puigdemont a extemar sus travesuras, así como en el colapso interno de ERC. Sánchez ha de caer por alguno de estos lados, suponen. En eso Feijóo se asemeja al presidente del Gobierno, pues como éste fía su futuro al tropiezo del otro más que a la seducción que pudieran ejercer sus propios méritos.

No obstante, el verdadero muro de contención de la extrema derecha es el PP, que aunque viene fracasando en la intención de reducir a Vox, al menos no le deja demasiado margen de crecimiento. Y no podrá decirse que ahí está la clave de su identificación, pues en las pasadas elecciones los populares se añadieron al residual Ciudadanos, en caso de que ese partido todavía pudiera definirse como de centro.

El líder regional del PSOE, Pepe Vélez, acusaba esta semana a López Miras de favorecer el crecimiento de la extrema derecha, dados los datos de Vox y de Alvise. No es posible creer en esa voluntad, pues ya quisiera el presidente apagar esas mechas para que no lo frenen hacia la mayoría absoluta. El argumento de Vélez serviría para aplicárselo a sí mismo, pues ¿no parece claro que la insolvencia del PSOE es la responsable de que gobierne el PP?

Tienen los socialistas murcianos de inmediato una papeleta para relanzar su crédito o seguir sometiéndose a estrategias que para la permanencia de Sánchez exigen la minoración de su partido en los distintos territorios: aceptar o no la bilateralidad para la financiación de Cataluña que reclama ERC. Si Sánchez vuelve a ceder, tal vez el PSOE de Murcia se someta en solitario respecto a sus compañeros de otras Comunidades, en algunas de las cuales, más allá de Castilla La Mancha, ya han mostrado su malestar.

¿Y si vienen de verdad?

Dicho lo cual, la ultraderecha creciente es una anomalía, por mucho que en España parezca estar bajo control, medianamente domesticada en los Gobiernos autonómicos (en algunos más que en otros) y, por lo que se deduce de las europeas, contenida, no así en otros países. Pero por la respectiva estrategia nacional, hay un partido que la excita, el PSOE de Sánchez, para fraccionar su alternativa, y otro que hace todo lo posible por frenarla para bien de sus intereses, el PP. Es un juego peligroso, como el que puso en marcha Rajoy para promover a Podemos a fin de debilitar al PSOE.

Los Alvise surgen con discursos elementales y huecos, básicos y antipolíticos, porque son capaces de proyectar a su vez la oquedad que es perceptible en los hilos argumentales de los partidos convencionales. El dictado para ingenuos de Pedro Sánchez o la insuficiencia programática del PP, aposentado en sala de espera por dependencia de acontecimientos que corresponde protagonizar a terceros son caldo de cultivo para excavar filones antisistema.

Ahora bien, si todo lo que no sea Sánchez es hoy ultraderecha ¿qué haremos cuando de verdad pudiera llegar la ultraderecha?

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