Opinión | El retrovisor

Aquellos tiempos: Francisco Cánovas Sala

Un niño viejo que alternó con los grandes pintores murcianos de toda una época floreciente del arte de la tierra

Francisco Cánovas Sala en su niñez

Francisco Cánovas Sala en su niñez

Este niño tan hermoso, de pelo primorosamente ondulado y de ojos vivos, no es otro que el popular e ilustre pintor Francisco Cánovas. Si el lector se fija en su rechoncha mano, parece solicitar -a tan tierna edad- un sencillo pincel.

Mirada noble que busca tanto horizontes lejanos de mar y huerta, como los más mínimos detalles de una modesta flor. Ojos que son todo una criba del color, un objetivo minucioso que analiza líneas y manchas que quedarán plasmadas desde tan tierna edad en papeles y lienzos.

Un niño viejo que alternó con los grandes pintores murcianos de toda una época floreciente del arte de la tierra; artistas como Mariano Ballester, Carpe, Barberán, Párraga, Molina Sánchez o Almela Costa. Nada que ver con la decadente pintura actual con la de aquellos años cincuenta y sesenta, prósperos en creación artística. Decadencia en nuestros días que ha servido para poner en su lugar la magnífica obra pictórica de Paco Cánovas, el lugar de honor que le corresponde.

Fue aquel niño nacido en la casa de su abuela en la calle Jabonerías, en los duros años cuarenta, el que sintió la llamada del arte a los tempranos 7 años. Alumno Marista, recuerda con nostalgia aquellos jueves de tarde festiva con paseo de émulos al abrigo del Malecón. Estudiante brillante, muy pronto ingresó como botones en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, futura Caja de Ahorros del Sureste de España, en la que su inolvidable director general, don Miguel Romá Pascual, supo apreciar la gran capacidad como dibujante y pintor de aquel adolescente de catorce años.

Degustador insaciable de bocadillos rellenos de leche condensada durante sus juegos de ‘petos’ o mientras devoraba los tebeos de Purk, ‘el hombre de piedra’. El futuro pintor soñaba en aquellos tiempos con ser guardameta futbolístico, curtido físicamente bajo las pérgolas y los duros suelos de piedra del romántico y añejo jardín de Santa Isabel, entre mandrágoras y rosales, siempre vigilado por la atenta mirada de aquel ángel de retablo salcillesco convertido en reclamo a ‘La Fama’.

Sus horas de ocio infantiles ocupadas por su pasión por la pintura encontraron su telón sonoro con el exitoso programa radiofónico El criminal nunca gana, aquel serial que dirigió Teófilo Martínez, con la voz de Manolo Bermúdez como inspector de policía y Agustín Ochoa como narrador en la Sociedad Española de Radiodifusión.

Recuerda con profunda tristeza el excelente pintor Cánovas aquel desafortunado día en el que unos felones arrojaron un tintero sobre el bello dibujo que realizó de una armadura, remedo de la portada del libro escolar de lecturas que reposaba en el cajón de su pupitre, hecho que jamás logró olvidar. Por el contrario, sí quedaron en el olvido aquellos retortijones estomacales (puede que debido a la leche condensada de sus meriendas) que pasaron a la historia gracias a la mano de santo del insigne doctor don Amalio Fernández-Delgado, su inolvidable pediatra.

Días de mili en la Academia General del Aire entre dibujos y avionetas de aprendizaje Bücker, en una infancia y juventud que el tiempo se llevó rápido, aunque siempre queden en la retina del artista sus románticas miradas de enamorado al Carmolí, y aquellas merecidas 500.000 pesetas recibidas al lograr el primer premio del Concurso Nacional de Pintura Congreso de los Diputados, del que le hizo entrega Gregorio Peces Barba.

Estudios: Bachiller y pintor autodidacta.

Profesión: Artista, pintor.

Comienzos profesionales: Bancario en Caja de Ahorros y Monte Piedad.

Curiosidad: Lleva siempre las gafas limpias, algo extraño en un pintor.

Recuerdo: Nació sobre la mesa del comedor de su abuela, el 4 de marzo de 1941.

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