Opinión | Tribuna Libre

Juan Ballester

Por qué no ha desaparecido Ramón Gaya

No, Ramón Gaya no ha desaparecido, sigue muy vivo y con mucho futuro

Obra de Ramón Gaya.

Obra de Ramón Gaya. / L.O.

«¿Por qué ha desaparecido Ramón Gaya?», viene un gestor cultural y galerista murciano a preguntarse -o a preguntarnos- en un artículo de opinión. Una vez leído, podríamos resumir que la conclusión a su pregunta la sintetiza y concreta en la mala gestión actual del museo del pintor, llegando a anunciar próximas entregas sobre temas ‘desagradables’ y ‘graves’, se entiende que referidos a esa institución o, incluso, al mismo Ramón Gaya. Hombre, lo normal sería acudir a un juzgado si es delito. Y si se trata de chismes, qué poco respeto a sus propios lectores.

Pero sigamos analizando sus razonamientos. Enumera una serie de hechos presuntamente objetivos: la no exhibición de las obras de Gaya en distintas colecciones de algunos museos estatales, los cuales cuentan en sus almacenes con obras del pintor murciano; la escasísima o nula influencia de su obra en el arte de hoy; la caída de su valor en el mercado actual de arte... Y todo eso, como resultado de las «decenas de millones de euros» invertidos por las instituciones en su frustrada promoción exterior.

Lo primero que me gustaría decir es que Ramón Gaya no ha desaparecido -claro, siempre que nos refiramos a su obra y no al hombre, que, efectivamente, desapareció hace ya algunos años-. Cualquiera con un mínimo conocimiento de la historia del arte debería saber que las obras de creación existen desde el momento de su nacimiento y mientras no sean destruidas. Otra cosa es su vida pública, que sean reconocidas y tengan el lugar que se merecen. Solo hay que asomarse al pasado para saber que son muchos y muy diversos los avatares que suelen acompañar el destino de la creación en cuanto a su función social y su éxito público: el pintor de Altamira hasta que fue descubierto miles de años después, la obra de Van Gogh, el mismo Velázquez en el siglo XVIII…, es decir, que como les sucede a los seres humanos, la existencia es una cosa y otra su repercusión social, con la diferencia de que unos son temporales y necesitan de cierta prisa, mientras que las obras, si son obras de creación y no piezas de comerciante, son eternas y solo necesitan la llegada de su momento. Tampoco vamos a perder el tiempo ahora explicando en qué consisten las modas y sus mercados, o cómo actúan sus especuladores y operarios, pero con eso ya contaba el joven Gaya cuando a sus diecisiete años -hace ya casi un siglo- abandonó el próspero y prometedor camino de las vanguardias para volverse al Prado en busca del ‘hilo perdido de la pintura’.

Por otro lado, en un nuevo alarde de auto reconocimiento, nuestro articulista se declara también como el «último gayista». Ay, que malo es el yoismo y cómo nos retrata, porque, no sólo es que nadie puede llevar el cómputo de las gentes de distinta edad que descubren a Gaya y no lo manifiestan, sino que, después de decir que lo ha leído de principio a fin y que Gaya es un patrimonio regional de primer orden, viene a concluir que lo verdaderamente profundo en él son sus escritos sobre pintura y sobre Velázquez y no «sus repetitivos cuadros de copa con homenaje». O sea, un pintor interesante en sus primeras décadas, sobre todo en México, pero poco interesante a partir de los años ochenta, en los que repetía una fórmula que le dio mucho éxito comercial.

Sabemos los gayistas de cualquier edad y, sobre todo, quienes le conocimos personalmente, primero que el propio Gaya decía que él era pintor y que sólo escribía para explicarse cosas en las que meditaba y, segundo, que sus años de exilio en México fueron una tortura para él. Que esa etapa, salvo algunas excepciones pictóricas, fue una etapa triste y desafortunada, un tiempo en el que él mismo se consideraba como exiliado de la pintura y en donde no tuvo más remedio que concederse -a su pesar- ciertas licencias estéticas para, simplemente, poder sobrevivir.

Calificar su pintura a partir de los años ochenta como algo repetitivo y comercial es, lógicamente, de lo único que pueden hablar aquellos que solo entienden el arte como un entretenimiento estético o como un producto comercial. ¿Cuándo se enterarán algunos de que el tema en una obra de creación es solo una excusa, un lugar común escogido por las artes visuales dentro de la realidad con el fin de poder expresar de una forma tangible aquellos sentimientos que necesitan materializarse? Precisamente fue Gaya con esas obras el que vino a decirnos que no importa el tema, sino la mirada que, continuamente, busca explicaciones en su interior.

No, Ramón Gaya no ha desaparecido, sigue muy vivo y con mucho futuro. Otra cosa es que directores de museos, críticos de arte, filósofos de la estética, profesores, gestores culturales y algún que otro articulista, hayan copado durante mucho tiempo la mayoría de los espacios expositivos y el mercado del arte. Sin embargo, cuando una obra de creación nace viva, no tiene prisa y solo necesita un tiempo apropiado para salir de nuevo a luz. Lo demás sólo es ruido, intereses espurios e ignorancia.

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