Opinión | Todo por escrito

Alvise y la enantiodromía

Todo esto solo puede obedecer a un complejo de castración colectivo

La extrema derecha ya domina uno de cada cuatro escaños de la Eurocámara. De los 720 eurodiputados electos el pasado domingo, un total de 180 engrosan las filas ultras. Entre los debutantes destaca un tal Alvise al que nadie vio venir –salvo sus seguidores en Telegram- y que ha obtenido 800.000 votos, la mitad arañados a Vox, según algunos medios.

El líder de Se Acabó la Fiesta -de nombre real Luis Pérez (Sevilla, 1990)- fue asesor de Toni Cantó en Ciudadanos y antes estuvo en UPyD, pero donde realmente ‘hizo la mili’ fue en Vox, partido en el que fue activista hasta 2020, y al que, cosas de la vida, le ha aguado la fiesta.

Al igual que Abascal, Alvise seduce mayoritariamente a los hombres ‘desencantados’ de nuestro país. De hecho, el 70% de sus votantes son varones. La diferencia es que Alvise cautiva a los más jóvenes (de 18 a 34 años). Es el Peter Pan de los ‘niños perdidos’ de la ultraderecha española.

Si el discurso feminista incomodaba a los amigos cuarentones de Pedro Sánchez, no digamos ya a sus enemigos veinteañeros. No olvidemos que, según la encuesta sobre ‘Igualdad y estereotipos de género’, el 52% de los españoles de entre 16 y 24 años opinan que “la igualdad de la mujer se ha llevado demasiado lejos» y que ahora son ellos los discriminados.

Alvise, un líder oportunista que bebe de Milei y Bukele –o directamente los copia-, ha sabido leer mejor que nadie esa ‘enantiodromía’ que afecta a sus votantes. La enantiodromía, según Jung, es una corriente que fluye en dirección opuesta a nuestra psique. Esto quiere decir que la energía consciente que dedicamos a una cosa es directamente proporcional a la que empleamos inconscientemente en la contraria. Por ejemplo, alguien demasiado autoritario en el trabajo tenderá a la sumisión en su vida privada, como mecanismo de compensación.

El discurso contemporáneo de las nuevas masculinidades y del hombre deconstruido genera, en determinados varones, una enantiodromía de misoginia que, aunque no queramos ver, existe. Los hombres arrinconados por el signo de los tiempos anhelan la arcadia patriarcal perdida y lo más preocupante es que los jóvenes, que en el instituto estudian a Simone de Beauvoir, cargan con esa nostalgia ‘heredada’.

La ultraderecha es el bálsamo que promete compensar ese ‘exceso’ que sería el feminismo con otro exceso: el machismo. Pero el feminismo es, estrictamente, la igualdad entre hombres y mujeres. Tanta testosterona política (motosierras enhiestas, ‘manos duras’, mega cárceles atestadas de hombres en calzoncillos, líderes de pelo en pecho o que cabalgan a lomos de un caballo…) solo puede obedecer a un complejo de castración colectivo. Vamos, que tenemos un problema como sociedad.

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