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Mis sagas favoritas de ciencia ficción

No sé si es porque en la vida trazas un círculo por el que vuelves a la vejez a las cosas que te apasionaban en la infancia, pero el hecho es que he vuelto a redescubrir el placer de leer novelas de ciencia ficción. Esta recurrencia resulta un fenómeno aún más sorprendente por el hecho de que dejé de leer ficción casi completamente hace al menos treinta años. Lo cual no quiere decir ni mucho menos que aborrezca de la ficción porque la consumo en cantidades casi industriales a través de series y películas. En su momento era el teatro (del que también disfruto cuando la obra lo merece y la ocasión lo permite), pero el soporte cinematográfico es el que hace las historias interesantes universalmente accesibles.

Lo que me ha hecho volver a la lectura de ciencia ficción tiene una causa reciente. Se estrenó en Netflix una versión en serie de televisión de El problema de los tres cuerpos, que nos dejó a los aficionados a la ciencia ficción con la miel en la boca, a la espera de que estos señoritos de la plataforma se les ocurra estrenar la siguiente temporada. Y no es que la serie estuviera muy conseguida, pero los propios planteamientos de la historia son tan interesantes que no he podido resistir la tentación de comprar la trilogía completa en Kindle. Sin ánimo de spoiler, solo lo justo, el reto que plantea una invasión alienígena en diferido es tal, que me niego a permanecer en vilo mucho más tiempo del que lleva devorar unas dos mil páginas impresas de literatura digerible.

Este interés renovado por la ficción me ha retrotraído indefectiblemente a esas lecturas de preadolescencia de las que recuerdo al menos tres sagas. La primera (y mucha gente coincidirá conmigo) es la trilogía de las Fundaciones de Asimov. La idea de aplicar las matemáticas para predecir la evolución de una civilización de dimensiones galácticas no parece tan distante ahora como cuando se escribió.

Otra trilogía fascinante es la que comienza con 2001, una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke. El hecho de que la inteligencia haya surgido aquí por un estímulo alienígena sigue siendo una hipótesis razonable, como el agua que nos aportaron los cometas. Por último, la saga Dune y su impacto en la mente de mi generación sirve para explicar en parte la preocupación por el medio ambiente que nos define.

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