Opinión | Lo veo así

La mejor dejada y los sobresaltos electorales

Ir de un canal a otro de TV, hasta que Alcaraz nos atrapó al final de ese partido que celebró a lo Nadal

Carlos Alcaraz posa con la Copa de los Mosqueteros en el estadio Philippe Chatrier de Roland Garros.

Carlos Alcaraz posa con la Copa de los Mosqueteros en el estadio Philippe Chatrier de Roland Garros. / EFE/EPA/Teresa Suarez

El domingo fue día de elecciones. Día de elecciones ‘raras’, como nos parecen todas las europeas, donde los lectores se manifiestan menos entusiasmados que con otras que estiman como más cercanas. Con lo serio que es que funcione Europa y con la necesidad que tenemos de que el Viejo Continente continúe gobernado por gente que crea en la idea con la que fue puesta en marcha la Unión Europea el 1 de noviembre de 1993 con el tratado de Maastricht en los Países Bajos.

Pero el domingo, junto a los datos que facilitaban continuamente todos los medios de comunicación, el espectador también estaba pendiente de un chico de El Palmar, en Murcia, que jugaba la final del torneo más prestigioso de tenis, en tierra batida, el Roland Garros, y que soñaba con la gloria de convertirse, con 21 años, en el jugador de tenis más joven en alcanzar la final de tres torneos en distintas superficies: el Abierto de Estados Unidos, en 2022; Wimbledon, en 2023 y el Roland Garros de 2024, que conseguía el domingo contra el alemán Alexander Zverev, en un largo partido al mejor de cinco sets.

Fueron 4 horas y 17 minutos de enfrentamiento de un tenis que solo está al alcance de los elegidos. 4 horas y 17 minutos de una entrega absoluta, porque este chico parece haber sacado los mejor de Rafael Nadal, en ese mismo escenario donde el jugador de Manacor es un auténtico referente (ganó el torneo 14 veces), en ese no entregarse nunca y en ese sacar lo mejor de su juego. Un juego que nos sorprende cada día que le vemos, porque Carlos Alcaraz parece inventar golpes nuevos en cada ocasión que salta a la pista. Sí, ese chico de sonrisa fácil y cara de buena gente parece reinventarse en cada partido para sorprender a sus contrincantes, y a los que tienen la fortuna de verlo, también. Porque Carlitos Alcaraz no solo ha ‘reinventado’ la ‘dejada’ en tenis, sino que ha hecho de esa jugada un arte insuperable que hace levantarse de sus asientos a los espectadores que, como el domingo en las pistas de Roland Garros, parecieron adoptarlo, como hicieron años atrás con Nadal.

Así es que, como otros ciudadanos, hicimos del domingo un ejercicio continuo de zapping televisivo, saltando de las informaciones que nos decían que el avance de la extrema derecha en países fundadores de la UE -como Francia, Alemania e Italia- es para reflexionar sobre lo que está pasando en Europa, a esos golpes de Alcaraz que parece perfeccionar cada día, porque si ha hecho algo sublime de la ‘dejada’, no está muy lejos de poner su sello en un saque que ya comienza a producir sus frutos.

Como comienza a producir sus frutos la labor de Illa en Cataluña, donde el PSOE ha conseguido una clara victoria y el independentismo pierde un millón de votos, mientras que Núñez Feijóo aventaja en dos escaños a Sánchez, que ha resistido situándose por encima del 30% del voto.

Una tarde de continuo ir y venir de un canal a otro hasta que Alcaraz nos atrapó hasta el final de ese partido que celebró a lo Nadal -tirándose al suelo sobre la tierra batida-, para irse a la grada después a celebrarlo con su equipo, fundirse en un largo abrazo con sus padres y no perder esa sonrisa que engrandece con sus triunfos.

Y disfrutamos de su parlamento, sencillo y humano, donde no dejó a nadie fuera para darles las gracias, para agradecer a su equipo que le mima, que le cuida, la labor inmensa que hace con él, sabiendo sacar el máximo de sus capacidades, que son incalculables. Porque Carlos Alcaraz solamente tiene 21 años, pero es imposible vaticinar su futuro, porque no se atisba el horizonte. Sus posibilidades son infinitas y su saber estar en el triunfo, y en las derrotas también, es un ejemplo para los que con su edad quieren conquistar el mundo.

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