Opinión | Pasado a limpio

Dónde está Europa

El Parlamento Europeo.

El Parlamento Europeo. / Ronald Wittek / EFE / EPA

«Izena badu bada» es un refrán vasco en la lengua más antigua de Europa: «Lo que tiene nombre, es». Cuando Zeus raptó a la hija del rey Agénor, nuestro continente no tenía nombre. El rey envió a sus hijos a buscarla y Cadmo llegó a la Hélade. Al grabar el nombre de su hermana en las piedras que señalaban los cruces de los caminos, en las cortezas de los árboles centenarios, en los muros de las ciudades y por todos los lugares conocidos, sin saberlo estaba nombrando a una tierra hasta entonces ignota.

Durante siglos, la historia de Europa se escribió siguiendo las pautas de la guerra, ya fuera de conquista, de dominación o de religión. Algún apéndice sobre las querencias y rencillas dinásticas o sobre las ortodoxias y herejías da cuenta de las excusas que llaman casus belli, que no de los motivos, que siempre son de la misma y espuria naturaleza. Hasta que llegó el horror de la I Guerra Mundial y, como no se aprendió nada, se abrieron las puertas del averno.

El 9 de mayo se celebra el Día de Europa, por el aniversario de la ‘Declaración Schuman’, que en 1950 propició la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Junto con el Tratado de la Comunidad Europea y la Euratom, fueron los antecedentes de la UE. El ministro francés Robert Schuman proponía la creación de un organismo supranacional al que se sometiera la producción y comercialización del carbón y del acero -materias primas esenciales para la producción industrial- y, especialmente, la bélica, de manera que su control evitaría la carrera armamentística.

La construcción de la nueva Europa se hizo desde arriba, primando los intereses económicos y mercantiles. La paz de las naciones era también un objetivo importante, y así se refleja en el texto de la declaración. La visión mercantilista primó sobre la humana. Los tratados y las organizaciones internacionales son instituciones complejas desde su gestación hasta su concreción, pero hay ideas directrices que pueden explicar fácilmente tanto sus fines como sus medios. La cohesión económica de los países, la integración de los mercados nacionales y la supresión de aranceles explica cuáles eran las bases de esta Europa que basaba la paz en la prosperidad de los negocios. La libre circulación de capitales siempre fue un principio esencial, mientras que la de trabajadores estuvo sometida a criterios menos libertarios.

Los precursores de la Comunidad Europea tenían perfecto conocimiento de la potencia económica como fuerza de unión, pero no podían prescindir de otra evidencia ya conocida, al menos desde Max Weber: la clase media. La capacidad de consumo ha contribuido al desarrollo económico de Europa casi tanto como la explotación de las riquezas del tercer mundo por las potencias coloniales. De nada sirve fabricar coches, electrodomésticos, relojes de cuarzo, televisiones, deportivas o perfumes sin consumidores capaces de comprar. La idea es de John Ford, aunque le pongamos otras palabras: fabricar automóviles a un coste que permita adquirirlos a los trabajadores, que también eran los mejor pagados de su época.

Las crisis son oportunidades de mejora para quien sabe aprovecharlas, y qué duda cabe de que las últimas crisis han esquilmado a las clases medias y bajas, favoreciendo un capitalismo deshumanizado que santifica el beneficio en perjuicio del ser humano. La afirmación no precisa ahora de más demostración que la constatación de los beneficios de bancos, energéticas, distribuidoras, tecnológicas y otras grandes compañías en los años transcurridos desde la pandemia, por ejemplo.

Un mes después del prácticamente desapercibido Día de Europa se van a celebrar las elecciones al Parlamento Europeo. Muy pocos electores desconocen las funciones y competencias de este órgano representativo, y aún son menos los que podrían distinguir entre el Consejo Europeo, el Consejo de la Unión Europea y el Consejo de Europa –aunque este último no está en la UE–. No es que no importe, pero sería conveniente que esa Europa de los mercaderes también se acercase a los ciudadanos, porque, sin ellos, Europa puede volver a ser un mito griego fundacional.

También votamos para que eso no suceda y que se oiga la voz de los ciudadanos. Una década antes de la Declaración Schuman, Altiero Spinelli, junto con otros militantes antifascistas italianos desterrados por Mussolini, elaboró el Manifiesto de Ventotene, por el nombre de la isla del mar Tirreno donde estuvieron confinados. Es uno de los padres del federalismo europeo por su propuesta de una Europa donde primen no las fuerzas económicas sobre los hombres, sino las necesidades humanas sobre los intereses económicos. Para eso es necesario seguir construyendo Europa, no destruirla levantando muros y trincheras, como pretenden los vástagos de aquellos genocidas.

‘Pandataria’ es el otro nombre de la isla, donde eran recluidas en la antigüedad y durante el fascismo las mujeres ‘díscolas’. Pero esta historia bien merece otro día. 

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