Opinión | Las fuerzas del mal

Amores perros

Ando con el corazón un poco roto porque algo que amé se ha ido de este mundo, sin haberme dado cuenta de cómo lo amaba

Foto de Sammi.

Foto de Sammi. / Enrique Olcina

El voto del amor se da voluntariamente, pero mucho antes te han robado la cartera sin que te hayas dado cuenta, es más, sin que el presunto carterista haya tenido ninguna intención de hacerlo. Así que ando con el corazón un poco roto porque algo que amé se ha ido de este mundo, sin haberme dado cuenta de cómo lo amaba hasta que ha sido demasiado tarde. No es nada trágico para quien no haya tenido un perro, porque yo tuve, por unos meses, esa tríada bendita de la sabiduría popular: padre, madre y perrito que te ladre. Ay, pero el perro era prestado, y quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro, y aun así, en los días que llegaba a casa y Sammi, la american stanford color rojo que era tan buena que me aguantó sin quejarse, me movía la cola cuando llegaba a casa y me pedía que la sacara a la calle, me iba robando ese poquito de la bola de helado de amor a cada lametón, aparte del pan. 

Llegó un día en que su dueño se llevó a la pupila, que me pagaba el hospedaje con compañía, petición de caricias, miradas oblicuas pidiendo comida y la insistencia de guardarme la corva de la espalda mientras dormía en mi cama. Aún me he ido encontrando, hasta hace poco, pelo de Sammi en la ropa, pero es de lo poco que queda ya de ella en este mundo. Felipe, su dueño, me dijo que tenía que sacrificarla, porque un tumor y el odio fanático que tenía la perra al veterinario hacían imposible su recuperación. Ando con el corazón desconchado por el roto que me ha dejado el vacío de lo que se llevó, sabiendo ahora que ya no está, sabiendo unos días que se iba a morir, e intento imaginar la magnitud de lo que su dueño estará sintiendo ahora, de lo que sintió en el momento en que la sedó para que el veterinario viniera a casa a dormirla. Lo intento y me da vértigo el volumen del dolor estimado, que no alcanza cifra si lo calculo ni me cabe en el papel si lo dibujo, porque fueron trece años guardando las espaldas, sin separarse apenas, siempre juntos y siempre cuidando Felipe de Sammi y Sammi atando en el mundo a Felipe.

Creo que lo he dicho alguna vez, que tengo el corazón, que no el pecho, frío. Más que nacer así es una aflicción propia de la edad, y me siento escandalizado de cómo me conmuevo por la muerte de Sammi, pero la misma congoja no me invade por los muertos en Gaza. No es que no esté horrorizado, lo estoy. Estoy seguro de haber dicho antes, al principio de la ofensiva israelí, que un Estado, sobre todo el de Israel, por lo que presume de preciso en sus acciones militares, no puede comportarse como una organización terrorista, por más que sus efectivos se encuadren en un ejército, porque si no es un terror pagado con unos impuestos, y la única diferencia es que llevan una bandera que figura al mismo tiempo y contradictoriamente en sus uniformes y en la entrada de la ONU. 

Habría que echarlos a todos a los perros para que les quitaran el odio a lametazos y los canes pudieran enseñarles, a unos y a otros, la tristeza que da matar algo que podrías haber amado. 

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