Opinión | Cartagena D.F.

Europa esta aquí

Por muy lejos que queden Bruselas o Estrasburgo, los cartageneros también somos europeos y damos ejemplo de ello peleándonos por la proyección de grandes infraestructuras que contribuyan al desarrollo económico

El Gorguel

El Gorguel / Iván Urquízar / LMU

Entre amnistías, mujeres del ‘César’ investigadas, la tensión creciente entre España y Argentina, o con Israel (por causa del reconocimiento del estado Palestino), la sentencia a Trump por intentar sobornar a una actriz porno, los comentarios del Papa, los debates y sondeos ante las inminentes elecciones europeas y la enésima final de la Champions del Real Madrid, resulta complicado no distraerse de la realidad más cercana. Menos mal que por aquí también les ha dado por tenernos entretenidos a costa del proyecto del macropuerto de El Gorguel y del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) en el Naval.

En realidad, se trata de dos iniciativas salpicadas por dos de las cuestiones más manidas y debatidas por esta Unión Europea que, a decir verdad, parece cada vez menos unida. El caso es que por muy lejos que queden Bruselas o Estrasburgo, los cartageneros también somos europeos y damos ejemplo de ello peleándonos por la proyección de grandes infraestructuras que contribuyan al desarrollo económico frente a la preservación del medioambiente o la gestión de la inmigración masiva en el cada vez más viejo continente, que digo yo que va a ser eso, que puede que ya estemos chocheando. Como ven, en Cartagena estamos en la primera línea de las discusiones sobre los grandes asuntos que preocupan a nuestros eurodiputados, salvo a aquellos que están más preocupados e investigados por venderse, siempre presuntamente, a los intereses de Putin.

En lo que nos compete a los cartageneros, el por el momento imaginario puerto de contenedores de El Gorguel, que ocupa titulares de gran tipografía desde hace dos décadas, nos serviría para contar chistes, si no fuera porque es patético comprobar que cada uno lo mira a través del color del cristal de sus siglas y pierden de vista, como casi siempre, la oportunidad de sentarse para mirar hacia una misma dirección, en lugar de encararse, burlarse y hasta insultarse, que todo vale para arrancar un voto. Digo que podría sonar a chiste, porque lo que unos presentaban como paso previo para evitar la pérdida de tráficos, la ampliación provisional de los muelles para contenedores en Escombreras, denominada proyecto ‘Barlomar’, es precisamente la que esgrimen ahora quienes hunden la nueva macrodársena al considerar incompatibles lo uno con lo otro y decantarse por la iniciativa menor. Sería de risa si no estuvieran ‘jugando’ con nuestro futuro y porque es penoso que se comporten como niños pequeños que compiten por ver quién chincha más al otro para así llamar la atención. De verdad que es más fácil y que no les vamos a reprochar que se sienten y negocien qué es bueno y qué es malo para nuestro municipio, nuestra Región y nuestro país. Dejen de pensar que la disputa es más rentable porque, si así fuera, lo sería única y exclusivamente para ustedes.

Por el mar también arriba una de las mayores preocupaciones en Europa: la llegada masiva de inmigrantes y, sobre todo, cómo gestionar los medios y recursos suficientes para atenderlos y propiciar su integración social, cultural y laboral. No es un asunto fácil, porque no es nuevo y nadie en el continente da con la tecla para abordarlo y, sobre todo, para frenar las oleadas de pateras cargadas de desesperanza y exprimidas por las mafias que trafican con seres humanos. Tampoco lo es porque se debe hilar muy fino para que el abordaje de la cuestión se interprete o nos arrastre hacia comportamientos racistas. Empecemos por resaltar que estos inmigrantes son las primeras víctimas, porque nadie escapa o huye de sus raíces si goza de un mínimo bienestar, ni nadie entrega sus ahorros pasados y hasta futuros si no les engañan prometiéndoles una tierra prometida que, si bien puede contar con más garantías que la de ellos, tampoco está para tirar cohetes. El CATE, primero, y el CETI, ahora, han implicado de lleno a nuestra ciudad en estos debates. Planteo dos preguntas que deberíamos hacernos todos y responder con sinceridad para no ser hipócritas y no juzgar injustamente ni a los vecinos que se manifiestan contra este centro para inmigrantes cerca de sus casas, ni con los propios extranjeros que poca o ninguna culpa tienen de toda esta polémica. Ahí va la primera. ¿Cree que nuestra ciudad o cualquier otra debería dar cobijo, apoyo y protección a los inmigrantes que llegan en patera en busca de un futuro mejor para ellos y sus familias? Estoy convencido de que la gran mayoría de ustedes son solidarios y habrán respondido que sí. Va la segunda pregunta: ¿le gustaría y consentiría que el lugar donde los alojaran fuera en su urbanización o en una anexa? Como digo, es un tema sensible y delicado en el que jamás debemos olvidar que estos inmigrantes son personas, con nombres y apellidos, con sueños y pesadillas y, sobre todo, con el mismo derecho que cualquiera de nosotros a disfrutar de una vida con dignidad y con libertad. Nosotros damos por hechas estas dos conquistas forjadas en muchos años de lucha social. No nos convirtamos ahora en severos jueces que les niegan a ellos esa posibilidad. Otra cosa bien distinta es el uso ideológico que hacen de esta cuestión los distintos bandos políticos, adoptando decisiones relacionadas con la atención a la inmigración a modo de premio o de castigo y exigiendo a las poblaciones el esfuerzo de asumir el auxilio y apoyo a estas personas sin compensaciones de ningún tipo o, aún peor, poniendo piedras al camino de su desarrollo mediante la demolición en los despachos de sus grandes proyectos o el aplazamiento sine die de un tren que es como la primavera de Jarabe de Palo, que no llega.

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