Opinión | Verderías

Caravaca, fiesta con sentido

Caravaca es el paradigma de la fiesta total, la número uno, el récord de la fiesta, por la capacidad que tienen los caravaqueños de entrar en total inmersión festera durante estos mágicos cinco días, año a año, generación tras generación, y así desde que cada uno tiene memoria

Entrega de premios del concurso 'Caballo a pelo' en Caravaca

Entrega de premios del concurso 'Caballo a pelo' en Caravaca / La Opinión / Enrique Soler

Dos de mayo, Caravaca: pañuelo rojo al cuello, las miradas toman tinte color de fiesta; los caballos caracolean por la Gran Vía mientras miles de personas se arremolinan junto a ellos entonando a viva voz el más genial verso que ha dado la poesía castellana: «Ni el dos, ni el tres, el uno tiene que ser» (léase: «Ni el dó, ni el tré, el uno tié que sé», dándole a la frase una rítmica musicalidad de consigna).

Para satisfacción de propios y foráneos, entre los días uno y cinco de mayo sobreviene en Caravaca la catarsis de la fiesta, una catarsis objetivamente inexplicable porque, año tras año, se suceden los mismos e inmutables ritos en los que no cabe innovación alguna. Es la esencia de la fiesta: la repetición alegremente tozuda de símbolos y músicas que ya son identidad de todo un pueblo. Símbolos siempre idénticos y siempre diferentes, que repiten invariablemente el luminoso hecho festivo a despecho de influencias externas y coyunturas políticas, cambiando sólo en las formas algunos flecos anecdóticos del ritual del festejo y manteniendo el fondo de una fiesta que se rige por el inexorable objetivo de explotar, transmutarse en moro o cristiano, colocarse un pañuelo rojo fragua al cuello y olvidarse de que el mundo, nuestras vidas, quizás sean de otra manera.

Este año también los caravaqueños se estarán chispando de forma más o menos razonable, también bailarán El chocolatero hasta la extenuación, sudarán a mares en los refugios, jurarán que el próximo año su manto será el ganador y se quedarán sin oír el parlamento. Todo como siempre, y como nunca en la percepción de cada caravaqueño.

Y es que el éxito popular de las fiestas de Caravaca no sólo radica en lo singular de su simbología y sus manifestaciones festeras, si no que se sustenta, sobre todo, en la enorme capacidad que tienen los vecinos para vivirlas. Porque es una fiesta que surge de abajo arriba, como debiera ser la verdadera democracia, que no se impone ni resulta de operación de mercadotecnia de ninguna clase, que se justifica exclusivamente por la gente que la protagoniza, y que no ha caído en la tentación de convertirse en el batiburrillo particular de una élite.

El sentido de la fiesta es precisamente ese: que la gente la viva y se la crea, la disfrute y la comparta. Por eso Caravaca es el paradigma de la fiesta total, la número uno, el récord de la fiesta, por la capacidad que tienen los caravaqueños de entrar en total inmersión festera durante estos mágicos cinco días, año a año, generación tras generación, y así desde que cada uno tiene memoria.

Tras el estallido de estos días, el próximo lunes, con la fiesta recién terminada, quedará en Caravaca el sabor agridulce de las ocasiones irrepetibles que están destinadas a repetirse. Mientras siga siendo así, el universo de Caravaca puede considerarse a salvo.

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