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Opinión

Mitología y animales híbridos en el arte rupestre levantino

«La simbiosis de varias especies en una misma representación evidencia el carácter alegórico que reviste a los animales en el arte rupestre levantino»

Abrigo de las Bojadillas: 1.Imagen original. 2. Gama cromática modificada. 3. Dibujo, según A. Alonso.

Abrigo de las Bojadillas: 1.Imagen original. 2. Gama cromática modificada. 3. Dibujo, según A. Alonso.

En el abrigo II de Cantos de Visera de Yecla, una de las figuras de estilo levantino más atrayentes, por tamaño y buena factura, es la de un bóvido que, orientado hacia la derecha, preside una agrupación de motivos de tipología muy dispar, en la que hay otros bóvidos, varios cérvidos, un par de aves y diversos signos de componente geométrico. El papel destacado de los toros en el panel se manifiesta por la presencia de otros nueve ejemplares más, reunidos, sobre todo, en el extremo derecho del friso pintado. En un momento dado, sobre la figura de este toro más grande se superpuso la de un ciervo, cuyo trazado se mimetiza en gran parte con el de aquel. Salvo la cola, la cruz del animal, algunos puntos del cuello y la cabeza con la cornamenta, el nuevo cérvido oculta intencionadamente, a modo de damnatio memoriae, la anterior imagen del toro. Es probable que sea también ahora cuando se pinten algunos de los otros ciervos que se disponen a la derecha de este, de forma que el protagonismo que hasta entonces parecían acaparar las representaciones de los toros pasa en estos momentos a ser asumido por los ciervos.

Por su parte, en la cercana Cueva de la Vieja de Alpera, el proceso de sustitución de una especie por otra se realiza a través de un procedimiento distinto. Aquí, la parte más baja del panel está presidida por la efigie, de cuidadas formas, de cuatro toros dispuestos en línea, dos de ellos afrontados. Por encima de estos se disponen más de cien motivos, entre los que documentamos arqueros, una pareja de mujeres y ciervos entre los animales, y escenas variadas, de caza, de recolección de miel e incluso una de carácter bélico o, quizás, de ajusticiamiento. Volviendo a los bóvidos, en un momento determinado, tres de ellos ven modificada su especie, pasando a ser reconvertidos en ciervos mediante la adición de candiles y coronas a sus originales cornamentas de toro. En este caso, y a diferencia del ejemplo yeclano, la práctica totalidad de la figura original se ha respetado y, sin alterar sus líneas básicas, se ha aprovechado para configurar el nuevo animal. Solo la transformación de las cornamentas indica ese cambio de especie.

Aunque la cronología y pervivencia del arte rupestre levantino son cuestiones discutidas por la investigación, es un hecho que su periodo de vigencia fue prolongado, bien de varios milenios, según aquellos estudiosos que lo vinculamos con los últimos grupos de cazadores recolectores de la Prehistoria o de unas pocas centurias para aquellos otros que conceden su autoría a las primeras sociedades de agricultores y ganaderos que, además, lo compaginarían con otro estilo artístico prehistórico, el esquemático. Sea cual fuere la opción, el horizonte gráfico levantino perdura el tiempo suficiente como para que estuviese sujeto a variaciones internas, producidas, por ejemplo, por eventuales cambios sociales o también por alteraciones en las estrategias económicas de apropiación de los recursos, pero siempre con repercusión directa en el trasfondo simbólico que lo sustenta. ¿Podríamos explicar esta sustitución de los toros por ciervos por una escasez real de aquella especie en un momento dado? No parece el argumento más probable, entre otras razones por que esta sustitución de especies no es algo generalizado en el conjunto de los yacimientos de arte levantino.

Es posible que otras representaciones de animales nos den pistas sobre el porqué de tales cambios. En unos pocos abrigos nos encontramos con motivos zoomorfos que, desde su concepción en la mente del artista, reúnen rasgos físicos de dos o más especies. Paradigmático entre estas figuras híbridas es el ejemplar pintado en el Abrigo de las Bojadillas I, en Nerpio. Por su aspecto general, a primera vista, lo identificaríamos como la imagen de un ciervo, pero esa lectura se complica un tanto si tenemos en cuenta que muestra una larga cola de bóvido y unas patas traseras más propias de un ave. Y este carácter fantástico, irreal, se acrecienta si consideramos la participación activa en la composición de unos elementos vegetales que rodean al animal, y por el hecho, no menos significativo, de que todo el grupo de motivos se haya pintado en el interior de una pequeña concavidad del soporte. Más allá de simples interpretaciones de la escena, como el reflejo de la captura de un animal que ha caído en una trampa, como se ha postulado en alguna ocasión, la simbiosis de tres especies distintas en una misma figura la reviste de un carácter simbólico que, si duda, le lleva a trascender su mera apariencia física. La existencia de animales híbridos es algo que veremos generalizado en diversas mitologías clásicas, protagonizadas por seres fantásticos cargados de determinados poderes, unos benéficos, otros no tanto. Es el caso, por ejemplo, de Aracne, Centauro, Arpía o Quimera en la mitología griega, o Bastet, Sekhmet o Esfinge en la egipcia, entre otros. En un artículo anterior que dedicamos a la imagen de los animales en el arte prehistórico concluíamos que, en nuestra opinión, estos debieron tener un matiz alegórico que los caracterizaba como símbolos de determinadas ideas, valores o conceptos apreciados por el ser humano. ¿Podemos descartar que la simbología que sustenta a algunos de estos seres mitológicos, que conocemos por las fuentes escritas clásicas, hubieran podido tener sus precedentes en tiempos muchos más antiguos, en figuras del arte rupestre? Pese a lo arriesgado de la cuestión, creemos que no.

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