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Opinión | DULCE JUEVES

Cerrar los ojos

Comprendí que Cerrar los ojos es de esas películas cuya proyección verdadera se produce mucho después, en la ausencia del espectador, cuando ya ha cerrado los ojos

José Coronado en una escena de 'Cerrar los ojos', la nueva película de Víctor Erice

José Coronado en una escena de 'Cerrar los ojos', la nueva película de Víctor Erice / FOTOGRAMAS.

Fuimos al Cine Centrofama a ver Cerrar los ojos, la película de Víctor Erice. Es muy larga y cuando salimos ya era más de la una. Pasamos por delante de la cola del Luminata y volvimos caminando a casa. Hacía fresco, una noche plácida. Mi hija Gracia dijo que le había gustado. Yo, sin embargo, estaba algo decepcionado. Casi todo me había parecido forzado y artificial, como si la película contara una historia que busca una verdad que no encuentra porque las llaves que en otro tiempo conducían a ella ya no funcionan. Por eso, al final, en un último gesto de derrota, cuando ya es tarde para todo, se opta por cerrar los ojos. Esa es la impresión que tenía.

Pero cuando me desperté a la mañana siguiente, las imágenes de la película seguían pegadas a mis párpados: una casa abandonada con un amor que no pudo ser y una canción interrumpida, un trastero con cajas iluminadas por una linterna, los viejos rollos de celuloide olvidados en un archivo, como trozos de vida en el fondo de la memoria, fotografías antiguas, el mar visto desde una noche de conversación y guitarra, los libros viejos de la Cuesta de Moyano. Lugares que recorre el protagonista en busca de una vida que un día quiso dejar atrás para desaparecer y que desembocan en una residencia de ancianos donde el pasado no es nada y no hay más futuro, solo una última estación donde cerrar los ojos ante un abismo que no se puede compartir.

Entonces, me di cuenta de que algo permanecía intocable: la búsqueda, la fe inagotable en el artificio del arte cuando ya no queda nada, incluso cuando la vida ha fallado. Y pensé que quizá era deliberada esa luz que antes me había parecido anodina, los exteriores opacos, los diálogos balbuceantes. Todo para recalcar que si en algún momento surge la luz dorada de la verdad, será atravesando las brumas, las monotonías de la vida, y surgirá con esfuerzo, con propósito, y tan improbable y agónicamente como debe aparecer la verdad, como un milagro que el arte ofrece cuando quiere, incluso aunque parezca una ilusión más.

Comprendí que es de esas películas cuya proyección verdadera se produce mucho después, en la ausencia del espectador, cuando ya ha cerrado los ojos. Y eso sí era una señal de gran cine. Había que atravesar lo anodino y la pena, la incomodidad y la desesperación, para que el arte hiciera su hechizo. Visto así, la historia está escrita por alguien que no sabe nada, a fuerza de haberlo olvidado todo, para recuperar la inocencia de los niños, que, al ignorar que buscan, se hacen merecedores de aquello que están llamados a recibir, por poco que sea, la única certeza sellada en nuestro destino: la existencia es un misterio que nos aguarda eternamente en el fondo de lo que somos, y que no tiene otra forma que la de los sueños.

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