Opinión | Espacio Abierto
Colectivo de Mujeres por la Igualdad en la Cultura
Desasosiego
Lo más adecuado para adentrarse en esta lectura y disfrutarla es seguir leyendo sin ningún tipo de cuestionamiento, resignarse a la angustia, a la incertidumbre que los acontecimientos y los personajes le brindan

Sara Mesa, escritora y autor del libro 'Un amor' / ALEJANDRO GARCIA /EFE
Un amor, de Sara Mesa, es una novela corta, escueta en explicaciones, lo suficiente como para dejar al lector una gran tarea de deducción e interpretación de lo que acontece, que, por otra parte, no es poco. Esta característica, junto a una trama lineal, sin saltos en el tiempo, una estructura sencilla, sin historias encadenadas y una limitada polifonía, con personajes sin peso importante en la narración, sin contar, claro está, a Nat, la protagonista, nos acercaría más al cuento que a la novela, lo que no le resta valor en absoluto.
Tampoco es generosa en explicaciones, reflexiones interiores que iluminen la trama o a los distintos personajes que vagan alrededor de la protagonista, por lo que si lo que busca el lector es entender las razones de por qué una mujer, joven, se autodestierra a un lugar ficticio que pudiera ser, quizás, un pequeño pueblo de la España rural, de veranos secos y calurosos, en el interior de Andalucía, a la que la autora llama ‘La Escapa’ (nombre muy representativo de la situación que plantea la novela), que ni siquiera es de su agrado, sino todo lo contrario; rodeada de personajes inhóspitos en distintos grados, sórdidos, incompresibles y misteriosos que por momentos parecen tener un plan oculto contra ella; mejor que no siga leyendo, pues esta no es la novela que espera o que desea, ni sus preguntas son las adecuadas. En tal caso, lo más adecuado para adentrarse en su lectura y disfrutarla es seguir leyendo sin ningún tipo de cuestionamiento, resignarse a la angustia, a la incertidumbre que los acontecimientos y los personajes le brindan, y contemplar la posibilidad de que algunas de las preguntas que te incitan con ansia a proseguir la lectura, queden finalmente sin respuesta. Tal vez la palabra que mejor definiría el sentir del lector de Un amor sea ‘desasosiego’.
Cuando alguien da un brusco giro a su vida solemos pensar que algo grave ha ocurrido: una pérdida, una muerte, una separación, una enfermedad, etc. No vamos a desvelar cuál es el motivo que lleva a Nat hasta La Escapa, ese lugar apartado y sin encanto, no solo para no hacer spoiler, sino porque, en realidad, eso no parece ser lo más relevante de la historia. Lo que sí se va mostrando como fundamental es que este lugar parece haber sido elegido con una finalidad punitiva, una condena por sus pecados. ¿Qué imperdonable pecado ha cometido Nat para buscar un castigo que pueda redimirla?, podríamos preguntamos, y tal interrogante es lo que precisamente nos incita a seguir leyendo sin descanso.
Otro aspecto inquietante de Un amor son sus personajes, que como ya hemos visto, pueden resultar ambiguos, nos hacen dudar de sus intenciones, nos provocan cierta incertidumbre ante la posibilidad de que, en cualquier momento, van a mostrarnos su verdadera y siniestra cara: de Piter, el inglés, lo más parecido a un amigo que Nat consigue en su nueva vida, no llegaremos a saber quién es realmente ni cuáles son sus intenciones con ella; al casero, un ser indeseable e incómodo, se le va viendo venir, pero en todo momento deseas haberte equivocado; la familia del al lado, que solo va a pasar los fines de semana, parecen simpáticos, pero algo no termina de cuajar; el matrimonio de ancianos, que Nat acaba cuidando, son los únicos merecedores de algo de ternura; contra todo pronóstico, el gitano, que aparece puntualmente, se muestra del lado de Nat cuando todo se complica; el huraño perro que adopta y que no consigue domesticar tampoco da muestras de ningún tipo de apego; por último, Andrea, el alemán, con quien llega a un extraño trato que la arrastrará a una relación toxica y enfermiza. Cada uno de ellos, en mayor o menor medida, construyen una atmósfera desasosegante alrededor de Natalia, que irá creciendo de forma incontrolada en el recorrido narrativo.
Pero la historia de amor entre Natalia y Andrea no es nueva en la literatura, sino que nos evoca otras obsesiones amorosas de la literatura universal como Ana Ozores de La Regenta de Clarín, Ana Karenina de Tolstoi, y sobre todo, la protagonista de Pura pasión de Annie Ernaux. Como esta última, los sentimientos de Natalia se desdicen en su forma de pensar más moderna y liberal que sus predecesoras, pero son demasiado similares en su forma de vivir la pasión. ¿Acaso somos las mujeres más propensas a la dependencia amorosa que los hombres, incluso ahora en el siglo XXI, cuando hemos accedido a la vida pública como protagonistas y tenemos otras preocupaciones además de las sentimentales? Si no fuera porque Ernaux y Mesas son mujeres, podríamos deducir que han sido los hombres quienes han creado este tipo de personajes femeninos y los han plasmado en la literatura, pero no, estas dos creadoras son mujeres y por ese motivo debemos ir más allá en nuestra reflexión. Quizá somos nosotras que hemos asumido como propio ese papel de entrega sin resquicios al ser amado que culturalmente se nos ha transmitido.
Hay un cierto grado de decepcionada sorpresa en el final de esta novela, que consiste en la aceptación de que todo ha sucedido porque tenía que suceder y de que el acontecimiento del pasado que parece haberlo desencadenado, ineluctablemente había de traer a Nat hasta este final y a ningún otro. Como si hubiera dado ese primer paso que todo lo desencadena en un acto inconsciente de autolisis cuyo dolor anestesia su verdadero padecimiento y el único que finalmente conseguirá salvarla. No es un final feliz, pero se aproxima.
Este mismo septiembre se ha anunciado el estreno de la versión cinematográfica de esta novela, dirigida por Isabel Coixet, con Laia Costa (Goya a mejor actriz femenina por Cinco lobitos) como protagonista, tanto directora como actriz principal son una garantía de éxito seguro. Deseando verla pronto.
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