Aire, más aire

Bebidas para sedientos

Miguel López-Guzmán

Miguel López-Guzmán

Las tabernas tradicionales, las que acomodaron en su barra a señores de napias coloradas y que desprendían aromas de vino agrio y ajo, comenzaron a quedar como lugares típicos con sus toneles y sus bajas mesas de madera de morera. Un nuevo estilo se imponía a finales de los años cincuenta: el snack bar en aquella Europa influenciada por todo lo yanqui, en plena guerra fría.

A bares a la antigua usanza con terraza con veladores como el Olimpia o el Alhambra, les surgió una nueva competencia, la del Baviera, Mi Bar o Dunia. Del vino o la caña con tapa rústica se pasó por parte de la parroquia al café con bollito y a los combinados, en un tiempo en el que aún no existía la figura de un James Bond para exigir su Vesper Martini mezclado, no agitado.

Los blancos carruajes de Conrado Abellán dejaban escuchar los cascos de sus jumentos sobre los adoquines en las mañanas murcianas en el reparto diario de sifones, Orange Crush y gaseosas La Casera. Lo nuevo se imponía: la Zarzaparrilla 1001 o el Synalco. Los más snob combinaban ya los americanos refrescos de cola (Pepsi-Cola o Coca-Cola) con ron o con gin siguiendo la pauta de Cuba Libre, a la vera fresca del río en las terrazas del Hotel Victoria y del Baviera. Era el refrigerio a la caída de la tarde de la Murcia urbana y estival.

En el bar La Coneja, de La Alberca, los críos, en verano, adquirían botellas de gaseosa (más fuchina con agua que otra cosa), las que te permitían imitar a Drácula al mostrar la lengua colorada después de ingerir la refrescante fresa del refresco, o puede que fuera una lengua verde, como la de los marcianos que peleaban con Diego Valor. El color de la lengua variaba dependiendo del sabor de aquellas gaseosas domésticas.

Aperitivos en La Tapa, junto a la fuente de las Flores cuando el llamativo rojo del Bitter Cinzano Soda era toda una novedad y encantaba a las señoritas, con rodajita de naranja incluida. 

Una marca murciana hacía estragos con sus sabores de limón y de naranja, Tanica, fabricada por la empresa de Beniaján Tana, envasada en una original y alargada botella de cristal a imagen y semejanza de los agrios de la tierra. Igualmente ocurrió con el Bitter Campari Soda y el excelente diseño ideado por Fortunato Depero en 1932. Una botella en forma de cono con las inscripciones en relieve, una de las botellas más logradas de packaging contemporáneo.

Todo cambiaba de una forma rápida en esos años: los gustos, los sabores, los envases, excepto lo más importante, la sed de los murcianos en aquellos tórridos y lejanos veranos en los que muy pocos podían disfrutar de unas vacaciones junto al mar.

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