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Andrés Torres

Cartagena D.F.

Andrés Torres

Realizó estudios

Ilustración de Leonard Beard.

No sé si fue antes o después, se preguntaba uno de los componentes de Les Luthiers en uno de sus espectáculos. «¡Ya sé, fue después!», recordaba exultante y con total y absoluta seguridad. «Lo que no recuerdo es después de qué», concluía para desatar las carcajadas del público. El genial y desternillante grupo argentino humorístico musical me encanta por su humor limpio, sano, que raya lo absurdo y genera confusiones continuas con habilidosos juegos de palabras, eso que llaman humor inteligente, pero hecho de una forma llana y sencilla, que todos entendemos y que nos hace pasar ratos más que divertidos e inolvidables. Como inolvidable es uno de sus personajes más relevantes e ilustres, el ficticio compositor Johan Sebastian Mastropiero, que hasta cuenta con entrada propia en la Wikipedia. De él, decían y siguen diciendo Les Luthiers que «realisó estudios», con su marcado y peculiar acento sudamericano bonaerense. Y ahí lo dejan, no aclaran ni dónde ni sobre qué fueron esos estudios. Es la graciosa forma del grupo de crear el perfil de un personaje que aparentemente es un genio, pero cuyo currículum está realmente vacío y apenas ha hecho méritos reales para llegar a dónde está, por lo que sus composiciones desembocan en el desastre que tantas risas y aplausos arrancan en las actuaciones de los ingeniosos Les Luthiers.

Voy a pasar por alto lo de los currículum engordados casi artificialmente y si los méritos de algunos son mínimamente suficientes y acordes con el cargo y la carga que ostentan y la responsabilidad que recae sobre ellos. De lo que sí quiero hablarles es de los estudios.

De estudios estamos oyendo y leyendo mucho estos días previos a las inminentes elecciones municipales y autonómicas. Se hacen estudios de todo tipo y condición para evaluar esto y aquello. Supuestos expertos en miles de materias llevan análisis supuestamente concienzudos que despliegan resultados concluyentes que nos presentan como más fiables que la propia verdad. La inmediata consecuencia es un aluvión de titulares en los medios de comunicación que suelen resaltar los extremos, quiénes son los mejores o quiénes son los peores del mundo mundial.

La cuestión es que a veces nos confundimos con las varas de medir. El color del cristal con el que miramos las cosas da lugar a conclusiones aparentemente contradictorias, aunque debe ser un error nuestro de interpretación, y lo que ocurre es que son resultados complementarios, porque si buscamos cómo, al final, somos capaces de complementarlo todo.

No doy más rodeos. La misma semana en la que elevan a Cartagena al top ten de las ciudades más sucias de España destacamos por estar entre las veinte mejor gestionadas del país. Y yo me pregunto: ¿cómo puede ser buena la gestión de un Ayuntamiento, si lleva a cabo mal uno de sus principales cometidos, que es mantener limpia su ciudad? Quizá es que un estudio es consecuencia del otro. O el otro consecuencia del uno. O quizá de lo que se trata es de compensar, de hacer estudios complementarios, porque no existen estudios mal hechos ni hechos con intenciones y aún menos cuando las elecciones son en un santiamén. El caso es confundirnos, generar debate incluso de lo que es más evidente y constatable. Porque en este caso lo tenemos fácil. Basta con darse un paseo por nuestras calles, por todas nuestras calles, las del centro, las del núcleo urbano y las de los barrios y pueblos, hacer nuestro propio estudio y análisis ocular independiente y contabilizar cuántas cacas de perro hemos tenido que esquivar, en el mejor de los casos, o cuán pegajoso está el suelo que pisamos. Así, podremos obtener nuestros propios resultados y sacar nuestras propias conclusiones.

Ojalá fuera siempre tan sencillo. La gran cantidad de estudios presentados y dados por válidos abarcan todo tipo de materias y elaboran todo tipo de rankings donde nuestra Cartagena y nuestra Región de Murcia no siempre salen, precisamente, bien paradas. Y uno no puede ser un experto en todo ni goza de la eternidad y la sabiduría suficientes para el análisis profundo de las listas y las conclusiones que le trasladan desde numerosas organizaciones, fundaciones, asociaciones y hasta las propias instituciones públicas, que desarrollan y presentan estudios con gráficos y datos a mansalva, que más que guiarnos hacia la luz de la transparencia nos quieren desviar hacia sus oscuros intereses.

Vivimos una era en la que hemos de andar con los ojos bien abiertos, pese a que ni siquiera podemos fiarnos de lo que vemos, porque son demasiados los árboles que nos ponen delante para no dejarnos ver el bosque. Al final, solo vamos a poder fiarnos de nuestra madre. Ellas sí que saben de estudios, de datos, de economías y de rankings. No han tenido ni tienen más remedio. Ojalá nuestros gestores políticos realizaran menos estudios y aprendieran más de ellas. ¡Felicidades, mamás!

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