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ESCARABAJAL, DIONISIO

Jodido pero contento

Dionisio Escarabajal

Inteligencia artificial frente a credulidad social

Ilustración de Leonard Beard.

Miento, luego existo, debería se el eslogan común a tanto aspirante a influencer como puebla las redes sociales. Un reciente artículo en El Confidencial, por ejemplo, se hacía eco de los jóvenes que pululan en TikTok dando consejos al personal para hacerse ricos, ellos que no tienen dónde caerse muertos ni han trabajado en su puñetera vida. Pero ese es el signo de los tiempos, usando una acendrada expresión apocalíptica. Por si te pica la curiosidad, los consejos que dan estos gurús se refieren casi todos a cómo ahorrar en el desayuno o cómo gastar menos en pasta de dientes para ahorrar e invertir. También repiten todos como papagayos (el principal público de un influencer son otros aspirantes a influencer) que los ricos leen libros mientras que los pobres ven la televisión. No sé donde exactamente encajaría yo, que devoro libros y veo toneladas de televisión al mismo tiempo. 

Y como éramos pocos, parió la abuela, y esto en forma de unas aplicaciones que se soportan en la llamada Inteligencia Artificial, fruto de un proceso de adquisición de conocimiento llamado sugerentemente «aprendizaje profundo» o «deep learning» en su original en inglés. Se supone que estas inteligencias han leído mucho y han aprendido mucho de las imágenes, a través de aplicaciones como los captcha que tanto nos incomodan porque se interponen entre nosotros y algún formulario online. Una de las categorías de las IA (hay muchas y de todos los pelajes) son las que se denominan «IA generativas». Una de las que se ha hecho más famosas últimamente es precisamente ChatGPT, pero cada tecnológica va teniendo la suya, por ejemplo Bard ha sido presentada por Google. Estas IA generativas sirven, como su apelativo indica, para generar convincentes piezas de texto a partir de una solicitud del tipo siguiente: imagina que eres un periodista y te pido un texto de 500 palabras sobre la utilidad del bitcoin. A continuación la inteligencia cumple aplicadamente con la instrucción, a su mejor saber y entender. De momento sin rechistar, aunque probablemente nadie la ha alimentado aún con el tostón interminable de la serie de películas de Terminator. 

Pero no solamente textos, como ChatGPT. Hay otras IA especializadas en generar imágenes, o incluso composiciones musicales completas. De momento, la sangre no llega al río, debido a las imperfecciones evidentes de los resultados. Además, lejos de suprimir puestos de trabajo, la proliferación de estos recursos está haciendo que muchas empresas contraten a personas con la suficiente habilidad para hacer las solicitudes correctas a las diferentes inteligencias artificiales que ya pueblan internet. Eso me recuerda a la historia del superordenador en la Guía del Autoestopista Galáctico, encargado de encontrar la respuesta última al universo que nos rodea. 

Después de miles de años calculando, la respuesta es 33. Y los programadores se enfrentan en ese momento a la acuciante tarea de encontrar la pregunta para que la respuesta correcta sería 33. Cosas del desquiciado universo que Douglas Adams creó con su tetralogía del autoestopista galáctico.

Pues bien, hace algunos días, y ante los rumores propagados por el propio Donald Trump acerca de la inminencia de su detención por parte de la fiscalía de Nueva York, a alguno de estos «solicitadores» se le ocurrió la brillante idea de pedirle a una IA especializada en generación de imágenes que creara fotografías realistas de la detención por parte de la policía del antiguo presidente, e incluso de su estancia entre las rejas de una celda, con tal verosimilitud en el resultado que se sintió en la necesidad de poner la palabra «Fake» (falso) de forma visible superpuesta en las imágenes así generadas. 

Obviamente, las indicaciones fueron suprimidas por alguien interesado más en la viralización que en la verdad, con la consiguiente explosión de retuits y comparticiones, hasta alcanzar varios millones de visualizaciones. Como sabe cualquiera que haya estudiado las reglas de la rumorología, la expansión de un rumor no depende de su credibilidad, sino del impacto que causa en la imaginación del receptor, que entra en una especie de frenesí por hacer partícipe de la información a su círculo de influencia, llevándose por el camino cualquier atisbo de duda o criticismo. Es más, el que comparte el rumor, cuanto más bestia mejor, no quiere poner en duda lo que ve, porque eso le obligaría a ralentizar su difusión con la consiguiente pérdida de la novedad y el impacto esperado. Un fenómeno común de estos evangelistas del rumor es el miedo cerval a que otro se le adelante. El riesgo no es propagar una mentira, el pánico surge de la posibilidad de quedarse rezagado y perder audiencia.

Llegados a este punto, en el que las inteligencias artificiales generativas pueden falsear la realidad a gusto del manipulador (los deep fake de actrices conocidas protagonizando películas de porno duro están removiendo ya los cimientos de la industria del famoseo), no sabemos si entrar en pánico y no creernos nada, hacer como Santo Tomás y exigir meter la mano en la herida del costado para creer lo que vemos, o llegar a la conclusión (correcta) de que tenemos que volver al argumento de autoridad para saber de quien podemos fiarnos. De hecho, nunca deberíamos haber puesto ninguna confianza en unos inventos, las llamadas redes sociales, donde escasea la información seria y se prodigan los charlatanes de tres al cuarto. Ahora que no podemos creernos nada, gracias a que manipular una identidad (imagen o voz) es tan fácil y barato, es el momento de creer solo en las fuentes de información fiables, como siempre debería haber sucedido. No te fíes a partir de ahora de lo que te digan, fíate exclusivamente de quien te lo diga y sube el listón a la hora de analizar la fuente. Después de tanto mamoneo e influencer de pacotilla, y después de tanto rumor interesado propagado por las granjas de trolls de afiliación rusa o china, parece ser que vuelven las organizaciones informativas solventes y el periodismo riguroso, siempre en un entorno democrático y contrastable. Yo, personalmente, nunca me he fiado un pelo de las redes de las redes sociales y de los que se informan exclusivamente a través de ellas.

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