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Fernando Sánchez Dragó: compañero de viaje a ninguna parte

Fernando Sánchez Dragó

Uno no tuvo la oportunidad de conocer a Fernando Sánchez Dragó cuando fue comunista. Afortunadamente: como comunista en los años 50 debió de ser tan insoportable como lo es hoy como simpatizante de la ultraderecha. Sánchez Dragó se ha arrugado mucho, pero ha cambiado sustancialmente poco. Cuando pude conocer de su simpatía por Vox me pareció perfectamente coherente.

¿Ya no queda nadie vivo entre los que leímos Gárgoris y Habidis, ese interminable y gárrulo ensayo, no exento de cierto encanto masoca, que publicó en 1978? En ese centón de prodigios, milagros y enigmas, mucho más que en cualquiera de sus novelas posteriores, está la verdadera personalidad ideológica de Sánchez Dragó. Un libro en cuatro tomos muy loco, superficial, pedantesco, fascinado por leyendas, símbolos y fábulas, declaradamente irracionalista, felizmente irresponsable y cargado de una falsa erudición, que a veces era puro recurso literario y otras pura ignorancia y confusión.

Con estos materiales creó su personaje público Sánchez Dragó: el fruto de un inimaginable cruce entre don Marcelino Menéndez Pelayo y un lama tibetano. Gárgoris y Habidis, por supuesto, no servía para entender mejor la historia de España y su supuesta identidad nacional, en cambio, como es usual, ayuda mucho a conocer al Sánchez Dragó de entonces y al que nos esperaba en el futuro.

Quizás sea Sánchez Dragó el escritor español que más debe a la televisión, pese a su testarudo empeño de retratarse como un eremita que desprecia la tecnología. Nada menos que una docena de programas -siempre sobre libros y basados fundamentalmente en entrevistas- desde 1979 en Televisión Española, Telemadrid, Canal 9, Cuatro y Telecinco, entre ellos Biblioteca Nacional, Negro sobre blanco, El faro de Alejandría y El mundo por montera. Gracias a la televisión (y a algunos premios literarios) Sánchez Dragó ha mantenido una presencia discreta pero constante en el imaginario popular, lo que se traduce en contactos, conferencias, entrevistas. Desde hace una década organiza unos llamados ‘Encuentros Eleusinos’: otro gozne para ampliar y consolidar relaciones, como ocurrió con Santiago Abascal, al que le había presentado Kiko Méndez-Monasterio, exmilitante de la muy ultra Alianza por la Unidad Nacional, dirigida en su momento por Ricardo Sáenz de Ynestrillas.

Los misterios eleusinos eran ritos de iniciación al culto de las diosas Deméter y Perséfone y el propio Abascal participó en una ocasión. El encuentro entre el viejo escritor y el joven político terminó en un libro, ingeniosamente titulado España vertebrada, donde supuestamente Sánchez Dragó y Abascal le corrigen la columna vertebral a España con una docena de lugares comunes conservadores, un par de metáforas menesterosas y cierto cuidado a la hora de soltar fascistadas. El retrato del escritor dibuja a Abascal como un hombre de orden valientemente enamorado de España que ha convertido el «sentido común» en una verdad ontológica y justiciera. Por ejemplo, el aborto. ¿No te dice el sentido común que la mujer es como un taxi, que lleva un feto dentro, pero que el pasajero no es suyo? Otra cosa. ¿Que Santiago Abascal lee poquito y no sabe responder a alguna de sus preguntas? No importa. Lo fundamental es que es «un hombre de acción». Un Avinareta que ha hecho gimnasia.

Como ocurre con ancianos que solo han sido progresistas para reírse después del progresismo, Sánchez Dragó simula una independencia intelectual exquisita. Por ejemplo, insiste ante Abascal en que él no es católico. Pero eso no le impide aseverar que en España, durante lo más duro del franquismo, los españoles eran más libres y dichosos que ahora. Y eso, para Abascal y sus amigos, es más valioso que cumplir con la misa dominical. El viejo es un compañero de viaje a ninguna parte.

Escritor

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