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Pactos de familia

En Baron Noir, la aclamada serie francesa, hay una escena especial. No es la de la reunión en la Costa Brava de Vidal-Mélenchon con la militancia irreverente de Podemos, aunque esa escena es divertida. Me refiero a la reunión que Amélie Dorendeu, presidenta de la República, mantiene con el premier alemán, preparando un tratado de amistad tan estrecho que haría de Alemania y de Francia un único país. El problema es que implicaría un gasto que obligaría a endeudarse al Estado alemán. Entonces el presidente del Gobierno federal pide comprensión y dice: «Nuestro superávit es la señal de nuestra independencia nacional. Es como su armamento nuclear. ¿Estarían ustedes dispuestos a prescindir de su arsenal atómico?». 

Es una escena sincera. La constitución alemana, hecha por los ordoliberales, tenía como modelo a Suiza. Pero Alemania no es Suiza. Puede buscar la independencia nacional con el superávit, pero si disparas una bala en Moscú llega a Berlín. Y eso requiere protección. Por eso, Francia es relevante para Alemania. Y por eso los tratados de amistad tienen que reconocer los signos de la independencia de los dos Estados, el armamento nuclear y el superávit. Sobre eso se basa la Unión Europea, al margen de otras consideraciones importantes, desde luego, pero existencialmente secundarias. 

España no tiene ni armamento nuclear ni superávit y no tiene ninguna otra señal de independencia nacional. Por eso tiene todos los síntomas de angustia existencial y por eso puede ser desafiada hasta el tuétano por poderes que se han manifestado menores, pero suficientes para cuestionar su existencia. Y por eso, es una lógica de supervivencia elemental la que lleva al Estado a vincularse de forma intensa a aquellos poderes independientes que pueden fortalecer su existencia. Sánchez, que frente a lo que diga una caterva de insensatos obedece al Estado, conoce esa lógica y la desarrolla con eficacia. Y por eso resulta contradictoria la estrategia del PP de bronca general, tanto como la de Esquerra de mantener un pie en la protesta de la calle y otro en el rendez-vous a Macron.

Un país que no tiene señal clara de independencia es siempre un país débil. Hasta las Cortes de Cádiz, la señal específica de la independencia española fue su imperio. Luego, al perderlo, todo fue una bronca permanente y creciente. La específica falta de cohesión de la política española reside en que nadie queda unido por esa señal inexistente, sino por su falta, y de ahí la insuperable impresión de parcialidad que tiene nuestro Estado, y la consiguiente utilización de todas las armas al alcance para adueñarse de un poder que no une a todos. Con ello, no hay límites para la batalla. Aunque el destino de España depende de su capacidad de unir lazos con Europa, muchos de esos que se llaman a sí mismos sus defensores proclaman ideologías antieuropeas, con la esperanza de que algún imperio autoritario los defienda. 

Esa misma debilidad acosa a los que, sabedores de esas debilidades y cansados de ellas, buscan extremarlas con la idea de obtener sus metas políticas. Se habla mucho de por qué Cataluña no puede hacer lo que hizo Quebec. Conversando una vez con alguien relevante, que había explorado la mediación en el conflicto del Estado con Cataluña, me dijo que la diferencia fundamental no era solo que Canadá quería dar pasos hacia una solución democrática, y Rajoy no, sino que Quebec tampoco quiso nunca destruir a Canadá como medio de su afirmación. En todo caso, cuando el ángel de la historia mire este conflicto, quizá se dé cuenta de que las batallas de los poderes menores son las peores, porque son aquellas en las que nadie tiene poder suficiente para ganar, sino solo para destruirse recíprocamente.

Llevamos algunos años en esa lógica, por decir poco. Que el día en que el Estado español y francés firman un nuevo pacto de amistad, el PP erosione en Bruselas con el asunto del poder judicial es incomprensiblemente irresponsable. Pues ese pacto es bueno para la seguridad y la tranquilidad de la ciudadanía y en realidad obedece a una necesidad histórica. ¿Alguien puede pensar que España perdiera su batalla histórica contra Francia, pusiera a un rey francés en su trono, firmara pactos de familia constantes, se diera una constitución en Cádiz porque tenía que ofrecer una alternativa a la más revolucionaria otorgada en Bayona, y reclutara a los 100.000 hijos de san Luis, por casualidad? No. En todos esos momentos, como en otros anteriores, se obedece a una lógica de la historia que tiene un fundamento espacial inexorable.

En la situación en la que entra el mundo, los amigos se profesan amistad y los pactos tienen que ser firmes. Y creo que cualquiera que mire las cosas actuales, como esa guerra puramente destructiva que Rusia (un poder menor que no quiere reconocerlo) mantiene en Ucrania, se dará cuenta de que conviene estar protegido por pactos y amigos. Y el Gobierno Sánchez hace bien en dar ese paso en nombre del Estado y de compensar la fuerte relación económica con Alemania con la intensificación de la relación defensiva y energética con Francia. 

Por último, un detalle menor. Por supuesto que en el manual del buen maulet un besamanos al francés es un acto de traición. ¿O es que lo ha olvidado Junqueras? Pero al margen de eso, ¿qué futuro divisa el independentismo catalán mostrando a la vez hostilidad a España y a Francia? ¿Cuáles son sus amigos? Otro día leeremos a un patriota, Bosch i Gimpera para responder. 

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