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Alec Baldwin: la afición a jugar con juego

Alec Baldwin

La directora de fotografía de la película Rust, Halyna Hutchins, murió el 21 de octubre de 2021 cuando el actor Alec Baldwin disparó un arma de fuego en el set de grabación. El disparo también hirió al director del largometraje, Joel Souza. Baldwin está imputado por homicidio involuntario, pero no tendrá cargos por herir a Souza. Se enfrenta a 18 meses de cárcel y a una multa de 5.000 dólares.

Sin tener ni pura idea de Derecho, afirma uno aquí, así a las bravas, que Baldwin lo que debería es indemnizar a la familia de la muerta con un buen puñado de dólares. A él le sobran. Y lo de los 18 meses de talego que le piden parece una milonga inverosímil. Si se demuestra que todo fue accidental. Primero dijo que jugueteaba a desenfundar (demostrando ser el vaquero más torpe a ese lado del Atlántico), después proclamó que no llegó a apretar el gatillo, que solo sacó el arma de la funda y la tuvo en la mano. Las pruebas periciales constatan que sí le dio al gatillo. No sabemos si Baldwin es hombre de gatillo fácil, hombre prudente o zangolotino que toca cosas que no son suyas en un set de rodaje.

A quien seguro que no le pasarán nunca estas cosas es a quien jamás tocaría un arma a no ser que fuera absolutamente imprescindible. Eso, aún siendo consciente de que nos ha quedado una frase un poco de mamá mojigata del Medio Oeste, de moralista francés del XIX o de pacifista español de los años 40. El actor apareció el otro día en Nueva York. Coinciden las crónicas en que visiblemente más delgado, con lo cual hace unas semanas debería estar ballenato a lo menos, dado el buen y amplio porte que aún se le ve. Barbado. Algo encorvado. No se sabe si es pose, si está deprimido o si son los años, que no perdonan te metas en líos o no. Ya tiene 64, aunque para el que suscribe, siempre será el Baldwin de No es tan fácil, película que protagonizó junto a Meryl Streep en el año 2009. Simpaticón botarate que quiere yacer de nuevo con su exmujer pese a que ésta intenta rehacer su vida, confusa de sentimientos, con un arquitecto algo ñoño que la ronda. De fondo, la familia, lo que pudo haber sido y no fue, las segundas oportunidades, el cariño que se confunde con el amor. Y tantas cosas más. Baldwin en estado puro, haciendo de sí mismo. O eso es lo que pensamos de los buenos actores, de los que están dotados de una naturalidad pasmosa. Tipo Resines. Otros prefieren al Baldwin de La caza del Octubre Rojo. No veas la que podría haber liado en el rodaje, en el submarino, bajo agua, tocando cosas, que si he tocado este botón, que si no, que si he girado esta llave, que si esto que parece un reloj qué es. No seríamos justos con la trayectoria de Alec sin no rememoráramos su papel contundente de ejecutivo fiero en Glengarry Glen Ross. Ya estamos tardando en decir que ha trabajado dos veces con Woody Allen y, nada menos, que con Santiago Segura en Torrente 5 Misión en Las Vegas, donde tuvo un pequeño papel. Un as del cambio de registros.

Nuestro protagonista nació en el seno (mejor sería decir a los pechos) de una familia ya con afición cómica, farandulera, artística. Pese a que su padre era un aburrido profesor de Historia. O por eso. Tres de sus hermanos también se dedican al show, con suerte desigual. Nació, decimos, en Amityville, Nueva York, y de entre sus hitos vitales se encuentran también ser doblador, actor de anuncios e incluso escritor de algún capítulo de series. Su debut como actor se produjo en Broadway, en el teatro, luego de graduarse y de trabajar en oficios temporales como camarero de discoteca. Le pega. Condujo una gala de los Oscar, fue presentador televisivo muchos años, activista político («comparado con Schwarzenegger, yo soy Tocqueville»), oficioso pretendiente al cargo de gobernador de Nueva York, enemigo de George Bush y hasta marido de Kim Basinger, cargo, honor o cometido que primero le hizo feliz, allá en la prehistoria, años 90, y luego le costó muchos disgustos y dinero. Lo mismo que le pasó a Basinger, que no creía ni conveniente ni buen padre a Baldwin, cuyo rostro, con mirada hacia arriba, gesto de seductor y labios mojados se asemeja a veces al que acaba de dar un sorbo a un buen whisky. Pero lo que acaba de sorber es un mal trago vital. Un accidente, una imprudencia, un azar inesperado. Un fiambre. La suerte no siempre sonríe. Ni siquiera tiene boca, aunque a veces hable por nosotros.

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