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Borja Sémper: centrista, guapo y centrado

Borja Sémper

El político es el único animal que tropieza una docena de veces en la misma piedra. Las que hagan falta en realidad. Borja Sémper se marchó del PP triste, pero con una sonrisa de melancolía que envidiaría un odontólogo; pero ahora vuelve alegre y, sin embargo, no parece del todo el mismo. Tal vez esperaba un retorno con más lustre, pero Alberto Núñez Feijóo lo ha designado portavoz de la campaña electoral del próximo mayo.

El líder del PP, que despierta el entusiasmo de una colonoscopia (quizá sea absolutamente necesario, pero muy pocos lo experimentarían con goce) busca que Sémper pastoree el moderantismo de los candidatos de todas las capitales y provincias españolas. Porque Núñez Feijóo quiere moderación: en la moderación está la mayoría socioelectoral que supuestamente le llevará a la Moncloa. Sémper era moderación y doblemente meritoria cuando se pasó más de quince años de su vida amenazado por ETA y bajo protección policial. Es difícil ver una pintada en tu calle anunciándote tu inminente asesinato y guardar la compostura, pero Sémper lo ha hecho. Tal vez por eso mismo, porque en su compromiso político incluyó mirarle a la muerte cara a cara durante lustros, Sémper sufre, en cambio, cierta repugnancia por la politiquería ruin y atrabiliaria, por la estrategia del enfrentamiento cainita y la deconstrucción del adversario político como enemigo moral.

Las taxonomías políticas vienen y van. Ahora, con motivo de su resurrección política, lo califican como un valor sorayista de los que Núñez Feijóo está rescatando con cuidado. Pero ¿qué tiene que ver Sémper con eso? Su referente es y ha sido siempre Gregorio Ordóñez. En 1993, con 17 años, comienza a militar en Nuevas Generaciones. Dos años después ya fue teniente de alcalde del ayuntamiento de Irún gracias a un acuerdo entre el PP y el PSOE. En Irún estuvo nada menos que quince años. Desde 2003 era diputado en el Parlamento Vasco y entre 2013 y 2020 fue el portavoz de su grupo. Lo cierto es que aunque intentó insertarse en la política nacional a través de las elecciones generales, nunca consiguió salir diputado por Guipúzcoa. Su voluntad de apertura del PP vasco (impulsando, por ejemplo, una reunión entre la dirección del PP vasco y la del PNV) ha sido muy alabada en el resto de España, pero sus resultados en Euskadi no han lucido demasiado. Probablemente llegaba tarde.

Lo cierto es que en enero de 2020 Sémper decidió largarse. No le gustaba el PP que entre dudas hamletianas y martillazos en falso esculpía Pablo Casado. Finalmente intuyó que con Vox al lado (derecho), vendiendo esencias patrióticas redondas como tortillas de patatas, Casado terminaría inclinándose por las arengas rojigualdas de Isabel Díaz Ayuso y por «la batalla cultural de un centro radical» frente a izquierdistas y nacionalistas y, sobre todo, frente al Gobierno de Pedro Sánchez, que enarbolaba Cayetana Álvarez de Toledo.

En el fondo lo que intenta Núñez Feijóo es una unión hipostática de una derecha civilizada y centrista por la que votarían las clases medias urbanas y una derecha populista, faltona, apocalíptica y que cree más en la libertad (la suya ante todo) que en la democracia. Una unidad sagrada y galaica que forjar entre exvotantes del PSOE y exvotantes de Vox. Borja Sémper es un refuerzo en este milagroso marchihembrado, un Tom Cruise vascongado para esta misión imposible.

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