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Lluís Llach: ¡Ay, las buenas intenciones!

Lluís Llach

Uno nace donde le toca, y luego hace lo que puede. En el caso de Lluís Llach (Girona, 1948), en cuanto sintió la epifanía antifranquista, lo que hizo fue romper los lazos familiares. En su casa tenía medio catálogo de la España del brazo en alto. El carlismo impregnaba la vía paterna, su padre marchó voluntario con el Tercio de Requetés a la Guerra Civil y luego fue alcalde franquista. La parte materna contaba con un abuelo de la policía secreta y una tía fundadora de la Falange de Tarragona. De ella, el cantante cuenta: «Una señora familiarmente acogedora, pero muy difícil de aguantar por su fanatismo, tanto religioso como político y personal, pero lleno de buenas intenciones». ¡Ay!

El propio Llach vivió su adolescencia como ‘fanático religioso’ y fue vicepresidente de los Cruzados de Cristo Rey, hasta que empezó a cuestionarse su herencia emocional. La otra, la monetaria, nunca la discutió. De hecho, su bodega de prestigio está instalada en la Porrera de su tía falangista. Pero antes, a sus 15 años, se cruzó en su camino Narcís Llansa, abuelo de uno de sus mejores amigos y barbero republicano catalanista. Las conversaciones con aquel hombre no solo le ventilaron ideológicamente, sino que le inspiraron el gran éxito de su carrera, el himno de más de una generación, la canción coreada por los soñadores de la libertad de medio mundo: L’estaca.

Dedicada a «’l’avi’ Siset», aquel grito a la unidad frente a la dictadura elevó a Llach a los altares de la lucha antifranquista. Queda para la memoria el mítico concierto en el Palau de la Música el 13 de diciembre de 1969. La canción había sido incluida en el último momento en la cara B de un disco editado el año anterior. Esa noche de invierno se celebraba el primer concierto del cantautor, la canción había sido prohibida y Llach obedeció, pero sí la entonó con la guitarra. Y entonces nació el símbolo: el público la cantó en pie.

De L’Estaca se han grabado más de cincuenta versiones en múltiples idiomas. Acompañó al sindicato de Lech Walesa, Solidaridad, en los años 80. A la primavera árabe, en las protestas de Túnez. A la Bielorrusia de 2020. Y también al nacimiento de Podemos, en aquel Vistalegre de 2019 en el que la cúpula del flamante partido, abrazada sobre el escenario, la coreó.

Con la llegada de la democracia, Lluís Llach siguió llenando teatros, plazas y corazones por toda España. Sensibilidad, valor musical incontestable y una marcada tendencia a la grandilocuencia. Sus canciones sabían acariciar la añoranza y sus discursos (siempre habló mucho en los conciertos) tenían alma de sermones. Y así siguió hasta que, en marzo de 2007, después de cuarenta años de carrera, decidió poner punto final. Se despidió con dos multitudinarios conciertos en Verges, el pueblo de su infancia. Para unos, se iba el mejor músico de la Nova Cançó. Para otros, el más pretencioso e indigesto.

«Añoro más el escenario que el piano», confesó a El País en diciembre de 2012. Durante los últimos años se había dedicado a elaborar vinos, crear una fundación (que funcionaba) y escribir novelas (que se vendían), pero… ¡Ay, los escenarios! Quizá fuera eso.

Aupado en la ola del ‘procés’, Llach avanzó por la senda del activismo de la ANC hasta encabezar la lista de Junts pel Sí por Girona en las elecciones al Parlament de Catalunya de 2015. Y allí lo vimos, con su inseparable gorrito de lana, esa sonrisa socarrona y ese ánimo lánguido ocupando su escaño. Pero, ya sabemos, la templanza nunca le había acompañado en los escenarios y pronto supo encarnar, como nadie, la cara y la cruz de la ‘revolució dels somriures’. Convertido en misionero de la independencia, se dedicó a expandir por los pueblos y plazas las bondades más ilusorias sobre ese estado que estaba a punto de nacer, también a repartir estopa a los disidentes. Y entre estos se encontraba media Catalunya: desde los medios que no bailaban con el ‘procés’ hasta los funcionarios que no acataran las «leyes de desconexión». Fe y amenazas… Qué antiguo sonaba todo.

Igual que el ‘procés’ trató de fagocitar todos los terrenos ideológicos, Lluís Llach le robó a Lluís Llach a muchos que habían elegido sus canciones como la banda sonora de sus vidas. El hombre que había sido azote del conservadurismo de CiU se convertía en su entusiasta compañero de viaje y guardián en las redes. De repente, Ítaca se nos pobló de personajes extraños, grotescos y fanáticos. Eso sí, «llenos de buenas intenciones», como la ‘tieta’ de Tarragona. ¡Ay!

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