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Opinión | Las fuerzas del mal

Errores y peteneras

En una cena regada con claras que eran más bien inocentes, un buen filete y vino (el de las claras era yo, que soy así de suave) he reconocido cosas que a mí me parecen naturales pero que parece que no he lo he dicho lo suficiente. Yo no estoy de acuerdo con todo lo que hace el Gobierno, aunque pareciera que defiendo a muerte su gestión. Puede ser que sea así, pero de verdad que no lo es.

La semana pasada escribí que el cambio del tipo penal de sedición me parecía bien porque estaba dentro de los poderes del Ejecutivo promover dicho cambio, porque adaptaba el tipo a un estándar europeo pero que también el cambio era político. Debería añadir que dicho interés también residía en un entendimiento entre el Gobierno y los partidos que lo apoyan en el Congreso y que el cambio era interesado por cuanto favorecía la aprobación de presupuestos y el mantenimiento del Ejecutivo. No creo que se traicione una esencia constitucional, pero sí es cierto que el gesto bonito no es. Más fea me parece aún la reforma sobre el delito de malversación. Creo que la formulación es actual y que no debería tocarse, si acaso para endurecer el mal uso de los caudales públicos, que son de todos y deben estar gestionados claramente y al objetivo al que se dedican, sin que atiendan a otro interés. En uno me parece necesario que se modifique pero la oportunidad del momento no es la mejor, en el otro no me parece ni oportuno ni necesario.

Ya que estamos, parece que el Gobierno se ha vuelto a equivocar con la ley del sí es sí, bien en sus objetivos o bien en su comunicación. Que por un cambio de ley se revisen penas y se reduzcan, abriendo de nuevo lo que parecía estar cerrado es una mala noticia, en este caso para las mujeres que creían que su pesadilla había cesado y que los culpables iban a cumplir su tiempo en prisión con la ironía de que es por una ley que se hizo para proteger mejor a las mujeres, y quizás sea así, no lo dudo, pero ha tenido este efecto adverso que, si es cierto que se tiene una judicatura más bien conservadora y algunos jueces ultramontanos, se podría haber remediado dentro de la ley.

Por lo tanto, sí, el Gobierno se equivoca en su acción y no está de más decirlo. Admitir errores no nos lleva al apocalipsis y quizás nos ayude a recuperar la capacidad de discutir también de política, como lo hacíamos antes, sin necesidad de acabar enfadados, yo el primero, y dedicarle el tiempo justo, que es el necesario, en nuestras vidas, que suceden también mientras cenamos con amigos, regamos un filete con vino y no hay nada más que esperar que el interlocutor, que te exige que reconozcas esos errores, no se vaya por peteneras cuando le pides que haga el mismo ejercicio con la oposición y se refugie en que él es un espíritu libre.

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