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Entre letras

Consuelo e invitación

Dionisia García L.O.

Dionisia García (Fuente Álamo de Albacete, 1929) acaba de publicar en Sevilla, Renacimiento, el su Colección Mediodía, su último libro de poemas, Clamor en la memoria, que pone de relieve la madurez, pero también la vitalidad inagotable de la escritora. Porque este clamor, que inevitablemente evoca a uno de sus maestros, el Jorge Guillén más combativo y más introspectivo, es un clamor de la verdad, forjada en la memoria y en los recuerdos.

Un personaje se adivina en el horizonte desde el primer poema: el amado, el protagonista indiscutible de este relato, de estos poemas con historia, narrativos, reflexivos, líricos, escritos en impulsos de brevedad, que contienen no solo recuerdos, sino también existencia y mucha vida. Es indudable que la marca de la edad, venturosa y longeva, todo lo trasforma y lo define, todo lo modifica porque impone sus propias leyes. Pero si la llama de la edad es fértil y está avivada por el fulgor de la memoria, es el instrumento ideal para componer todo el relato de una larga y dilatada historia. Y el lector asiste asombrado a compartir las estancias, los espacios, los gestos cotidianos, los momentos de tantos recuerdos indelebles.

Decididamente este Clamor en la memoria es un libro excepcional, porque sus poemas son capaces de hacer vivo al personaje evocado, al protagonista; y el lector puede llegar a sentirlo cercano, próximo, redivivo, vuelto a la vida. Y sentirlo, escucharlo y oír sus ingeniosas ocurrencias. Se produce entonces el milagro de la buena escritura, y la palabra poética se convierte no solo en consuelo sino también en invitación a compartir, en amable acogida para convivir en unos espacios privados en los que estar con los amantes en su historia, en su trascurso vital, dilatado y prolongado, año tras año, en el tiempo.

Los poemas son espléndidos. En su brevedad contienen sugerencias que van concatenándose a lo largo del libro hasta convertirlo en un conjunto de complicidades cohesionado y coherente, en un relato de existencia. Cada estructura poemática surge del yo lírico, pero en cada representación ese yo lírico comparte el argumento con el protagonista. Se ha alumbrado entonces el misterio de la creación poética, porque el poema, la poesía, las palabras, forjan tiempos y espacios de convivencia compartida. Milagro, misterio, evocación, pero también ingenio y talento.

Consuelo e invitación Francisco Javier Díez de Revenga

Es importante detenerse en los detalles de la historia. Y descubrir, con Jorge Guillén otra vez, el beato sillón mítico de Cántico. Son intensidades que trascienden de lo narrativo y de lo lírico a lo metafísico. Unamuno aparece, en el fondo, cuando oímos a Dionisia decir del silencio de Dios, nada menos. Pero es muy cierto que en los momentos del amor y del recuerdo las palabras sobran, porque se oyen los silencios. Lo dice muy bien Dionisia cuando evoca los asuntos que son los de su poesía de siempre, aquellos que pertenecen a su estilo personal cuando descubre ahora en estos poemas la luz de los días antiguos. Dionisia, filóloga y lectora, revela al amado en esa luz antigua y desde luego en las míticas dulces prendas por su bien halladas: unas cartas, las cosas y los gestos de todos los días.

Cuando cesan las palabras y se oyen los silencios, surge la música, tan presente en este libro de poemas, con Beethoven, con el joven-niño Mozart, compartiendo escenario con Verdi y su Rigoletto. Músicas que son memoria y que son recuerdos. Y están también los libros, aquellas lejanas lecturas que aún se conservan, en vetustos pero familiares y domésticos ejemplares de letra diminuta, preferidos del protagonista… Chesterton, Maupassant, Pound, Stendhal, Maurois, Rilke, Ibsen… y por supuesto Dante Alighieri y su Divina comedia. Esos libros antiguos que guardan sorpresas, posiblemente una fotografía, dulces prendas con su lección de tiempo, palabras amigas en sus páginas, ahora, en la soledad, recobradas. Lo dice Dionisia: la memoria olvida, pero el protagonista permanece en el recuerdo. Y desde luego el cine… Pertenecemos a una época en la que el cine fue nuestro alimento. Y ellos los saben. Los amantes crecieron, en su amor, en el cine. Por eso los recuerdos se avivan evocando a Lumière y a Dickson.

Y la poesía, sobre todo la poesía, cualquier poesía, cualquier poema, como el de la Romería, evocado en una presentación ya sin el protagonista, y están también la naturaleza y los paisajes, los campos familiares, los espacios del recreo y el mar. Y está la ciudad, la ciudad amiga, paseada, vivida en cada calle, y los viajes de sorpresa y de misterio, Chicago, la India, Israel, Ankara… y sobre todo el clamor de esa memoria inextinguible, de esa memoria viva que fortalece este espléndido libro de Dionisia García.

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