Opinión | Carta de un expresidente

Titán y la puntualidad

No sé si el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, es un maleducado, pero su desplante al Rey llegando tarde al lugar de recepción para el desfile militar de la Fiesta Nacional que aconteció el pasado día 12 no le ha dejado en buen lugar. Más aún cuando hasta Titán, el cordero de la Legión, llegó puntual a la tribuna de autoridades en el desfile del pasado día de la Hispanidad.

Felipe VI y quienes ocupaban la tribuna de autoridades, militares y miles de españoles agolpados en el Paseo de la Castellana hubieron de esperar al presidente Sánchez. La puntualidad no solo es norma de cortesía entre monarcas, es también deber de caballeros y espejo que refleja la responsabilidad del cargo público.

No hay mejor forma de aprovechar el tiempo que tener por costumbre la puntualidad, ni peor manera de mostrarse vulgar que llegar tarde. Quien llega con antelación parece que se pasa de educado; se muestra simplemente educado quien llega en punto, pero llegar con retraso no es, desde luego, signo de buena educación.

Su tardanza puede interpretarse como una actitud de desaire al Jefe del Estado, un acto de subestimación a los más de 4.000 militares pendientes del desfile y un menosprecio a los miles y miles de personas que se reunieron entre la Plaza de Cuzco y la Calle Fernández Villaverde de la capital del Reino.

A esta España nuestra, cuyo actual Gobierno blanquea el oscuro y macabro pasado de ETA, permite manifestaciones exaltando asesinos etarras, premia presupuestariamente a Gobiernos pro separatistas a nivel nacional y padece velados secuestros parlamentarios autonómicos como en Cataluña y Murcia ante la ausencia de un Consejo General del Poder Judicial operativo; solo le faltaba llegar a extremos tan grotescos como el ocurrido el pasado día 12 en Madrid.

A este paso, España se convertirá, si el pueblo no lo remedia, en un circo político, espectáculo que seguirá vivo mientras haya espectadores que aplaudan a los payasos.

Que razón tenia Ricardo León cuando ya en 1912 escribía en el Castellano de Toledo sobre ‘sabihondos de estos tiempos’:

Al que tonto es de nación,

La tinta se le indigesta;

Quien tiene dura la testa,

Tonto vive y morirá:

Lo que Natura no da,

Salamanca no lo presta.

Así se expresaba el poeta sesenta años antes de que naciera el fugado Puigdemont, y 66 años atrás del fenómeno político informático, Alberto Casero. Pero la lista de ‘listos’, pillos, sirvenguenzas, investigados, procesados, enjuiciados y condenados como autores, cómplices o encubridores es interminable. Personajes sintientes, como los animales, pero, a diferencia de estos, muchos de ellos educados, casi todos domesticados y algunos ciertamente adiestrados en el trinque de lo ajeno para enriquecerse, no para sobrevivir.

Los mismos personajes públicos, algunos de ellos colaboradores de la futura ley de protección de los animales, que al referirse a Titán, el cordero del Tercio Alejandro Farnesio, de Almería, que desfiló al ritmo de su compañía de 160 pasos por minuto, sin perder un segundo, le han llamado cabra, chivo, macho cabrío o carnero, incapaces de distinguir al ovino del caprino, a la oveja de la cabra, a esta de su cría, el choto, y a la oveja de sus retoños, el cordero o borrego.

Solo falta, para terminar de iluminar la sapiencia de sus señorías en materia animal, que igualar a gatos y perros en la necesaria futura legislación que les proteja debidamente, pues aún no conozco a gato alguno dedicado a detectar droga o explosivos, no existe el gato guardián, ni felino capaz de rescatar supervivientes o recoger el rebaño. Como ocurre con los políticos, seres sintientes como los animales, los hay educados, domesticados y hasta adiestrados, pero no todos son iguales.

Evidentemente el presidente del Gobierno faltó a la debida educación con su impuntualidad, motivo, uno más, para recibir, como siempre, una pitada monumental, mientras sus acólitos en la tribuna, domesticados y adiestrados, aplaudían a rabiar. A esto empieza a parecerse España.

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