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Miguel H. Valverde

Señorías indignas

Minuto de silencio en una sesión de la Asamblea Regional Ivan Urquizar

La décima legislatura de la Asamblea Regional de Murcia pasará a la historia como la legislatura de la indecencia. Harían mal sus señorías en buscar los culpables de esta situación fuera de las puertas del templo de la palabra. Sería mezquino esconderse bajo las faldas de la moción de censura, taparse los ojos y decir ‘no estoy’, o peor aún, creerse sus propios mentiras y miserias.

Esta legislatura se recordará como cuando la voluntad popular fue derrotada y humillada por el interés partidista, donde primó el egoísmo y el egocentrismo.

Una legislatura que dio una puñalada mortal a la Reforma del Estatuto aprobada por unanimidad, retorciendo las normas para doblegar la razón y la lógica. Una legislatura que en plena recesión y crisis pandémica, comenzó aprobando una subida salarial de 3.000 euros para el presidente, un preludio de lo que todavía quedaba por saber.

En estos años, hemos (han) aprobado leyes para que una persona pueda volver a presentarse de nuevo; en nombre del covid han abierto la mano para que el medio ambiente siga rompiéndose y reventando nuestros pulmones y poniendo más en duda nuestro futuro; hemos visto cómo la sociedad ha tenido que salir a rescatar la dignidad del Mar Menor (ILP) ante un parlamento que solo ha estado pendiente de tirarse de los pelos y hacerse peinetas mientras los peces morían simplemente agonizando en la mierda.

Esta semana hemos vuelto a vivir el enésimo espectáculo esperpéntico sobre lo que las personas son capaces de hacer en nombre de la venganza, el resentimiento y la cobardía.

Llevamos más de tres años constatando como incluso la dirección del parlamento ha envejecido la institución, arrastrándola por el santoral y paseándola por la calle de la sumisión, cruce con la avenida de las tormentas.

Una legislatura donde lo único positivo ha sido que hemos visto en primera fila no solo las miserias humanas, hemos sido testigos al ver como mujeres y hombres han vendido su alma y sus principios por cuatro euros, capaces de arrastrarse ante sus votantes por una silla en el patio de la vergüenza legislativa. Hemos encendido la televisión y una vez más hemos sido el epicentro de la venganza política.

Mientras en La Palma un volcán arruinaba a los palmeros con su lava incandescente, aquí, el volcán en el que se ha convertido la Asamblea Regional seguía lanzando insultos, desprecios, gritos, injurias, ofensas y ultrajes.

No se ha debatido ni una ley para mejorar la sanidad pública, para que la educación pública no siga palideciendo en medio de la tormenta privatizadora, no se ha aprobado ninguna ley para que las residencias de personas mayores sean dignas, nadie ha dicho ni una palabra en nombre de miles de trabajadoras públicas que siguen luchando cada día con los más desfavorecidos.

Nadie ha dado las gracias tan siquiera a todos los empleados públicos que siguen cayendo a miles en el capazo de la jubilación por sus servicios prestados.

La única buena noticia es que ya queda menos de un año para que termine esta patética, penosa y prostituida legislatura. La peor noticia es que todavía nos queda ocho meses para seguir haciendo de la Asamblea Regional el templo de la deshonra.

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