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Nos queda la palabra

Tabarra

Giorgia Meloni. EFE

Grandes mentes hablan de ideas; mentes promedio hablan de sucesos; mentes pequeñas hablan de la gente. De vivir ahora, Eleanor Roosevelt vería como el cotilleo se ha convertido en un noble arte que no sólo inunda las conversaciones virales sino los periódicos y tertulias más serias.

Cuando no es un cortejo infinito, repleto de anécdotas que demuestran la fragilidad y voracidad de las familias monárquicas más pintadas, es una ruptura que hace temblar las más sólidas fortunas nobiliarias. La caspa que irradian ambos estamentos decimonónicos, trufada de religión, traspasa las pantallas y las ondas hasta llevarlas a nuestro salón de estar.

Basta con conocer el tema de tendencia diario (trending topic para los que huyen del castellano), el programa de mayor éxito o la lista de las noticias más leídas para comprobar que estamos en la era de las mentes pequeñas. Y, en esto como quizá en lo otro, el tamaño sí importa.

Hay cadenas de televisión dedicadas en exclusiva a los chismes y a los accidentes, asesinatos y demás desgracias. Hasta los diarios más sesudos, que tienen en su concepción la información y las ideas como materia prima de la ciudadanía, han abierto un hueco, cada vez más vergonzoso, por donde se cuela el rosa.

Una invasión de la mediocridad que utilizan personajes que, efectivamente, no tienen nada en la cabeza, al menos ninguna idea buena. Véase a Meloni, la ultraderechista italiana recientemente elegida, posando con dos melones sobre su pecho en su comparecencia previa a la urna.

Evidentemente, si te sales del rebaño te conviertes en el patito feo, rechazado e incomprendido. Recuerdo cómo nos reíamos a carcajada limpia de nuestro jefe porque no conocía quién era Belén Esteban.

Un tío raro, como el que osa llevar el diálogo a algo más allá de la crítica al vecino, el tiempo o el último suceso que ha acontecido.

Ya se sabe, las grandes mentes suelen predicar en el desierto.

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