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Enrique Nieto

Pintando al fresco

Enrique Nieto

Mayor, no anciano

El otro día leí una noticia en un periódico que comenzaba así: ‘un anciano de 78 años...’ y no seguí leyendo porque me cabreé. No sé qué ocurre en los medios de comunicación en los que algunos periodistas –supongo que jóvenes - están convencidos de que la cuestión ‘edad’ sigue siendo la misma que la de hace 50 años. Pero, para los que ya estábamos completamente desarrollados físicamente en aquellos tiempos, e incluso antes, el cambio ha sido radical, y eso está ahí, en la calle, a nuestro alrededor, en nuestras familias e incluso algunos, sencillamente mirándonos en un espejo cada día.

Veamos, ¿cómo era antes? Pues está claro que completamente diferente. Un ejemplo bestial: en los años finales de los cincuenta del siglo pasado, si ibas a El Llano del Beal, aquí en nuestra querida Región, podías ver a hombres de cuarenta y pocos años, sentados a las puertas de sus casas en verano, que presentaban un aspecto de envejecimiento terrible. Sus rostros macilentos, sus cuerpos delgados y encorvados. Hablo de los mineros enfermos de silicosis que ya eran unos ancianos a esa joven edad, y allí estaban esperando un desenlace para el que no había solución médica. Aquellos ‘ancianos’ son inolvidables para los que pudimos verlos en unos tiempos en los que un trabajador era explotado hasta ese límite.

Y, sin tanta tragedia, a veces te veías a un hombre o a una mujer con aspecto de anciano/a sin tener edad para ello. Pero se trataba de gente con pocos medios económicos, que, por ejemplo, tenían la boca sin arreglar, faltándoles bastantes dientes o muelas porque la Seguridad Social les extraía las piezas enfermas, pero las prótesis corrían por cuenta de los sufrientes y muchos de ellos no podían hacerle frente al tema. Por supuesto, ir sin dientes te hace bastante mayor.

También ocurría lo de las personas que se jubilaban de sus trabajos y ya no hacían nada, y esta falta de dedicación a algo es la que los convertía en ancianos muy pronto, sobre todo a los hombres, porque las mujeres sabían buscarse una vida activa con más inteligencia, como en casi todo. Ellas se creaban obligaciones, como ayudas a los hijos en cuestiones determinadas, reuniones con las amigas para hacer manualidades y para charlar, salir a andar con ellas, o a pasear, colaborar en buenas obras. Sin embargo, ellos, la gente masculina corriente de estas épocas pasadas, a lo más que llegaba era a jugar una partida de tute ‘subastao’ tomándose unos chatos de vino, actividades estas que no retrasaban el envejecimiento. Y no quiero acabar este párrafo sin señalar un asunto importantísimo para manejar el concepto ‘anciano/a’: la forma de vestir, el aseo personal, el arreglo del pelo, de las manos con sus uñas, los afeitados o las barbas cuidadas, aunque esto último de las barbas prefiero dejárselo a los jóvenes, que la tienen negra, y no a mí, que, si me la dejo, parezco Papá Noel.

Y aquí llegamos a la clave de este artículo: ¿Soy yo un anciano?, ¿lo son varios de mis amigos? Porque, aquí me tienen, con 79 años cumplidos, y escribo en este periódico cada semana, voy a varias emisoras de radio a opinar como el que más, y he estado apareciendo en la televisión hasta hace poco, aunque ya no salgo, pero no porque sea viejo, creo. También voy cada día a mi estudio y pinto. Es verdad que he bajado el ritmo en el tema de las exposiciones, pero sigo trabajando. Y, otra cosa, cada día me afeito y me ducho, llevo ropa que no es ni de viejo ni de joven, y tengo unos amigos estupendos, algunos más jóvenes que yo, pero otros, como Pepe, que tiene 78, y acaba de pasarse 8 años presidiendo una institución que requiere una entrega al trabajo total, y que de anciano tiene lo que yo de cura. O Martín, que tiene 83 y ha tenido tropecientos problemas de salud, pero está como un pincel, sin un gramo de más, leyendo cada día este periódico, que rejuvenece mucho, llevando adelante sus asuntos y saliendo a la calle cada día a comerse el mundo.

¿Ancianos nosotros? ¡vamos, anda!

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