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El odio más largo de la historia

«¡Qué lejanos quedan aquellos tiempos en que las mujeres eran femeninas, dulces y vivían entregadas a la honrosísima tarea de obedecer a su marido y cuidar de su casa y de sus hijos!»

Dibujo de Leonard Beard dibujo de Leonard Beard

Se hace cada vez más patente el hecho de que no existe una progresión lineal en la historia de la mujer, sino épocas en que desempeña mayor o menor protagonismo público, en que disfruta de mayores o menores derechos, de más o menos libertad. Y aunque cada época, cada grupo social, requieren la definición de los conceptos que regían entonces y no los conceptos actuales, existen unas ideas comunes que se han mantenido a lo largo de los siglos y a escala planetaria. Estos ideas o rasgos comunes son las que mantienen el discurso misógino y que sirvieron, y sirven, para legitimar la marginación de las mujeres y el dominio del hombre. 

No parece haber, sin embargo, una definición de misoginia que convenza a todo el mundo: «Aversión u odio a las mujeres» (DRAE) es quizá la más extendida. Sin embargo, una de las acepciones que contempla el diccionario Oxford es la de «prejuicio en contra de las mujeres». Es decir, no hay que odiar a las mujeres para ser misógino. Y así, las palabras sexista y misógino ahora son en cierto sentido sinónimos. 

En cuanto a sus causas, también han sido tratadas en numerosos estudios: ¿es una alteración psíquica, una enfermedad? ¿es una reacción ante un fracaso sentimental? ¡paparruchas! 

Pero, hagamos un poco de historia basándonos en las manifestaciones de grandísimos filósofos y teólogos de la antigüedad.

En los textos escritos, ninguno de ellos concede a la mujer protagonismo alguno. Sin embargo, existen grandes contradicciones. Por un lado, tanto el varón como la mujer son uno en Cristo (San Pablo); la mujer como el varón han sido renovados por la gracia divina (San Agustín). Aquí, si nos empeñamos, podemos vislumbrar algo de igualdad; en el orden divino, eso sí. Sin embargo, en el orden natural, el varón no debe cubrirse la cabeza porque es la imagen y gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón. Y añade que el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón… Así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer. Pobres Corintios, vaya lío. 

También el orden natural requiere que la mujer sirva al hombre porque, aunque esta tiene una mente y una inteligencia semejantes a la del varón (gracias, San Agustín), su sexo la coloca bajo la dependencia del sexo masculino ¡Vaya por Dios! 

A estos argumentos habría que sumar los comentarios de los grandes filósofos como Aristóteles, para quien la mujer, dotada de menos razón, es un varón fallido, un accidente, un ser inferior; y Sócrates, quien opina que el hombre supera a la mujer en cualquier tarea y que está hecha para pertenecer al hombre.

Sin embargo, Platón creía en la capacidad de la mujer para cooperar de forma creativa en la vida de la comunidad y no comparte la opinión dominante según la cual la mujer se halla destinada por naturaleza exclusivamente a parir, criar y regentar la casa. ¡Toma! No olvidemos que La República es una obra utópica.

Además de Platón, otros filósofos como Antípatro de Tarso y Crisipo, ven la misoginia como algo negativo, una enfermedad o aversión a algo bueno. Muchísimo más creativo fue Galeno, quien agrupa el odio a las mujeres junto al odio a la humanidad en general y al vino. ¡Viva el vino y las mujeres!

También hubo filósofos que veían en la ginofobia o ginefobia miedo a la mujer, la causa de la misoginia. La definición de este término no tiene desperdicio: «Trastorno nervioso caracterizado por un terror mórbido o una aversión patológica a las mujeres».

Y hablando de trastornos, llegamos a la Edad Media, donde encontramos argumentos de naturaleza variada, casi nunca bien estructurados y, muy a menudo, asociando a la mujer con el maligno, la puerta del diablo. ¡A la hoguera!

De entre todas las barbaridades existentes, esta de boca de un prestigioso abad de Cluny del siglo X, un tal Odón, ha sido seleccionada para ocupar el primer puesto: «La belleza física no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que hay debajo de la piel, la mera vista de las mujeres les daría nauseas. Pero si nos negamos a tocar el estiércol o un tumor con la punta del dedo ¿cómo podemos desear besar a una mujer, un saco de heces?». ¡Vaya forma de motivar y justificar la castidad que se les imponía! 

Estos son solo unos pocos ejemplos de argumentos esgrimidos por eminentes autoridades que, junto a otros muchísimos, dieron lugar a un discurso de prevención contra la mujer, a una interminable y enquistada tradición del pensamiento misógino. Como decía Christine de Pizan: no es que sea cosa de un hombre o dos, sino que no hay texto que esté exento de misoginia.

Desgraciadamente, las palabras de Pizan son todavía de ‘rabiosa’ actualidad; la misoginia ha sobrevivido a todo: «El odio más largo de la historia, más milenario aún y más planetario que el del judío, es el odio a las mujeres» (André Glucksman).

Parece que vivimos años de involución. No es la primera vez que ocurre. La tesis de que los avances del feminismo desatan una reacción ya ha sido planteada anteriormente. Susan Faludi, por ejemplo, sostuvo que en la década de los 80 se atacó al movimiento feminista, difundiendo estereotipos negativos contra las mujeres independientes. Los avances hacia la igualdad provocan rebrotes de misoginia. Muchos son los ejemplos de misoginia actuales, siglo XXI, pero la carta al director, titulada «La caída a la natalidad», publicada por el diario Abc, es un claro ejemplo de que esta pandemia está lejos de extinguirse. Este señor dice de las mujeres que «solo viven preocupadas en hacer deporte, tatuarse y cuidar perros. ¡Qué lejanos quedan aquellos tiempos en que las mujeres eran femeninas, dulces y vivían entregadas a la honrosísima tarea de obedecer a su marido y cuidar de su casa y de sus hijos!». ¿En serio?

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