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José María Martínez Selva

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José María Martínez Selva

Catedrático de Psicobiología de la UMU

La enfermedad de Brad Pitt

La enfermedad de Brad Pitt L.O.

A principios del verano se supo que el actor norteamericano Brad Pitt sufría de prosopagnosia, trastorno que impide reconocer los rostros de familiares, amigos, e incluso el de uno mismo al verse en el espejo. La visión está intacta y la persona afectada sabe que lo que ve es una cara, puede identificar sus distintos elementos, ojos, boca, nariz o frente, pero no reconoce el rostro como familiar y no puede asignarle una identidad. Además, esta incapacidad se extiende a los rostros nuevos. En la mayoría de los casos, el paciente puede reconocer a las personas por aspectos no visuales: voz, forma de andar, postura, vestimenta o alguna otra señal característica.

La tarea de reconocer un rostro es compleja, pero el cerebro la realiza muy rápidamente, de forma automática. Reconocemos de inmediato un rostro familiar en condiciones de iluminación distintas, en poses, ángulos y expresiones emocionales diferentes, y con cambios faciales notables, por ejemplo en el pelo, en la barba o con mascarilla. Reconocer a alguien familiar está relacionado con la supervivencia. La evolución nos ha preparado para hacerlo de forma rápida y segura.

Este trastorno presenta numerosas variantes y puede darse desde el nacimiento, como parece ser el caso del actor, o debido a problemas de riego sanguíneo, traumatismos o enfermedades cerebrales degenerativas. Afecta a los lóbulos occipital y temporal, situados en las regiones posteriores y laterales del cerebro, implicados en funciones visuales. Existe una dominancia del hemisferio cerebral derecho para la percepción e identificación de los rostros. Como estas regiones se encuentran cerca de las que se ocupan de la percepción de objetos y de colores, a veces el trastorno se extiende a su percepción e identificación.

En la población general existen importantes diferencias en la capacidad de identificar rostros, desde los buenos fisionomistas, que recuerdan durante años un rostro que han visto una sola vez durante unos instantes, hasta los casos extremos de prosopagnosia. Las formas más leves son relativamente frecuentes y pueden pasar desapercibidas. Afectan a quienes les cuesta reconocer rostros de personas a las que han visto en pocas ocasiones, en las que se ha producido un cambio facial (corte de pelo o barba, vestimenta) o que se encuentran con ella en un entorno o contexto diferente al habitual. Otras personas lo notan al seguir series de televisión en las que hay numerosos personajes de edades parecidas y necesitan cierto adiestramiento, o ver muchos episodios, para distinguir bien y rápidamente quién es quién.

La enfermedad del actor está más cerca de nosotros de lo que parece y los problemas de reconocimiento de rostros, aún en sus modalidades más leves, pueden tener consecuencias muy graves. Se cometen más errores al intentar identificar caras no familiares o con las pertenecientes a razas o etnias con las que no se tiene una relación continua. Ocurren en el ámbito policial y judicial al reconocer a sospechosos, a los que se puede haber visto sólo una vez, en una rueda de reconocimiento o en un archivo de fotografías, dato que puede ser la única prueba de cargo en delitos graves. Todo ello a pesar de que la víctima o el testigo estén totalmente convencidos de su identificación. Una medida para atenuar estos efectos es la de valorar, a través de las técnicas adecuadas, la capacidad del testigo para reconocer rostros y, sobre todo, ser consciente de la propensión a equivocarse en la identificación de rostros no familiares.

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