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La Opinión de Murcia

ARROYAS,-ENRIQUE

DULCE JUEVES

Enrique Arroyas

Un jardín de agua

Hay un plan que nunca falla con mi mujer. Sé que dirá que sí, no un bueno, vale, por qué no, sino un sí espontáneo y sencillo, un asentimiento con todo su ser, que apenas requiere palabras, ni siquiera un gesto, y es cuando le propongo ir a bañarnos al espigón de roca. Me gusta ese instante en el que su mirada asiente y en ella puedo vislumbrar todo lo que ella es o lo que ella significa para mí, esa parte de su vida enigmática antes de que yo llegara a ella y que por eso mismo permanece así por mucho tiempo que pase y por mucho que intente conocerla del todo. Y cuando se lanza al mar desde el borde de la plancha, las puntas de los dedos en la alfombra de musgo, sin salpicar agua, y yo voy detrás y nadamos juntos, puedo sentir en la piel que me aproximo llevado por el suave empuje de las olas a eso tan escurridizo que llamamos felicidad, que es como sentirse sumergido en la vida, sin desear nada más allá del instante. Entonces nadamos uno al lado del otro hasta que nos cansamos, sin pensar que hay que volver, y nos quedamos flotando boca arriba bajo el cielo hasta que abrimos los ojos y la mirada se ha vuelto azul.

Se parece a un poema de Idea Vilariño que expresa la irradiación que se produce entre dos personas en un instante raro y mágico, irrepetible, que quizá valga una vida: “Sabés/ dijiste/ nunca/ nunca fui tan feliz como esta noche/ Nunca. Y me lo dijiste/ en el mismo momento/ en que yo decidía no decirte/ sabés/ seguramente me engaño/ pero creo, pero esta me parece/ la noche más hermosa de mi vida».

Después de eso, si tenemos la tentación de pensar que la felicidad es un instante que se llevará el tiempo con la misma indiferencia con la que arrasa con todo, podemos todavía engañarlo, enfrentando un espejismo con otro espejismo, y decirnos que la felicidad es también un lugar que permanecerá siempre a nuestro alcance, hecho de cosas o de palabras. Tal como dice Marco Matella que así es, por ejemplo, un jardín, «el lugar donde uno conoce la felicidad y al cual desea, a lo largo de su vida, poder regresar». Puede que sea una invención, seguramente me engaño, pero es bella y libre y pienso que nos acogerá cuando llegue el invierno. Así es la dicha, añade Idea Vilariño, sucediendo sin prisa… eterna mientras dura.

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