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Opinión | Cartas cruzadas

Soy reincidente

Belén Unzurrunzaga

Belén Unzurrunzaga

Querido Enrique,

Estoy sentada en la cocina, junto a mamá, que acaba de desayunar y está intentando enhebrar una aguja para coser una servilleta. Sus manos son muy débiles y por más que lo intenta no puede, pero no me pide ayuda, sigue intentándolo, y eso es lo que más admiro de ella, su tenacidad, sus ganas de seguir y cómo quiere superarse cada día, a pesar de sus grandes limitaciones. Le acabo de preguntar qué música quiere escuchar y me ha dicho que prefiere el silencio. Me pregunta sobre lo que escribo y si lo hago sobre los incendios que anoche vimos en las noticias, le digo que no del todo, pero en el fondo pienso en tu carta y en aquel telediario catastrofista que vimos en tu casa con tus padres durante mi fugaz visita, que en vez de informativos debería llamarse ‘Vamos a morir todos’. 

Aunque te digo una cosa, vale que algunas cadenas privadas tiren de sordidez para informar, pero la situación actual del mundo es desoladora, la sequía que no sólo afecta a España sino a gran parte de Europa, los incendios que no sé a ti, pero a mí este año me parecen más y peores que en otros años. Se ha cumplido un año desde que los talibanes volvieron a Afganistán y he visto varios reportajes sobre cómo las mujeres han desaparecido de la vida pública, son inexistentes y sin derechos, y me pongo enferma. O el último escándalo, el vídeo privado de la primera ministra de Finlandia y cómo ha tenido que dar explicaciones. Nos hemos vuelto locos, cada uno en la intimidad puede hacer lo que le dé la gana, fin. 

¿Sabes que estamos con el mismo autor? Lo único que yo estoy con las biografías que Stefan Zweig escribió de María Estuardo y María Antonieta, soy conocedora de su obra, pero no de su vida. Me parte el alma que se suicidara junto a su mujer en febrero del 42, cuando aparecieron sus cuerpos juntos con las manos entrelazadas, junto a un vaso con un trébol de cuatro hojas con restos de veneno y un poema escrito en la pared: «¡Ay, si al menos un pliegue de la esfera terrestre fuera seguro para el hombre!», y en una nota de suicidio a sus amigos: “Ojalá veáis el amanecer de esta larga noche; yo, demasiado impaciente, os precedo». Sin palabras. 

Nada de bajona, Enrique, yo estoy siguiendo tus consejos de echar el freno de mano y no dar por terminado agosto; me he ido a Benidorm en un viaje fugaz a ver a C Tangana con mi amiga de fechorías, a un festival de música donde la media de edad eran 25 años. Soy reincidente, lo reconozco. Ya le vi en Madrid hace un mes, pero cualquier excusa es buena para volver a un festival de música, acompañada de un gran amiga, con la que los ataques de risa son constantes y sanadores. Bailamos, brindamos, y disfrutamos de la juerga flamenca que Tangana se monta en el escenario con más de treinta músicos, mientras nosotras rodeadas de teenagers disfrutamos de una noche de verano a ritmo del Madrileño. Al día siguiente volvimos al mar, otro baño reparador en compañía de grandes amigos y su familia que considero como la mía, igual a ti y a tus padres, nada como rodearse de buena gente, qué suerte tengo. Tras una mañana de playa en la que he acabado enterrada en la arena, hemos disfrutado de un arroz caldoso que estaba riquísimo, una buena charla y un buen vino de Yecla.

Estas pequeñas aventuras veraniegas son el incentivo de mi verano de cuidados, y lo que me carga las pilas y me llena de energía para seguir. Aún nos queda la traca final, que es nuestra carbonara, de la que llevamos hablando y dándole la turra a todos los que nos están leyendo. No me escondo y para que esté el niño de Yucatán propongo el sábado 27 de agosto. 

Te beso. 

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