Para muchos a los que jamás pudo convencer de su legitimidad, moriría siendo el rey de la cultura consumista y basura creada para blancos estúpidos, para el resto de la humanidad, el rey. Me gusta Elvis; me gusta mucho Elvis, mi sueño recurrente es imaginar que un día lo conocí y lo que tuviera que pasar quedó entre nosotros dos, sin aspavientos. Porque lo nuestro era tan de verdad que no necesitábamos mostrarlo al mundo.

Jamás me atrevería a poner en duda la salud de una pareja que constantemente necesita exponer su idilio ante el resto de la humanidad . Yo misma he sido la primera en fardar de acompañante aun sabiendo, en algún caso, que no dejaba de ser un alarde para compensar así la insatisfacción que empezaba a asomar. 

No me gusta pensar que para otros haya un motivo, tácito como el que más, que proteger la relación de amenazas externas. Por eso lo mío con Elvis siempre ha sido un tema tabú para el resto. Dios nos libre de machacar a los que buena y llanamente un día pensaron en seguirnos, con incontables fotos capaces de provocar la más empalagosa hiperglucemia por carecer de una autoestima anexa a la del que sale junto a tí en la imagen. 

Casi siempre con cara de circunstancia y en posición de estorbo para los demás. Si algo puedo demostrar a través de lo vivido es que a veces el deseo más intenso se oculta tras el silencio más profundo.

No podía dejar pasar la ocasión para hablar del hombre que no se doblegó al primer fracaso, el que jamás permitió que nadie derrumbase sus principios. El músico que más pasiones levantó y aún sigue levantando muy a pesar de llevar 45 años enterrado en su mansión de Graceland (Memphis), la leyenda más importante del siglo XX, la voz versátil e inusual que honraba a los negros con un silbido tan agudo como grave a menos cuatro octavas. Elvis Presley es fuerza, verdad, locura, cadera y sudor, ritmo y pasión. 

Por eso me niego rotundamente a escribir una sola línea que no sea de admiración absoluta, para las malas críticas ya les pagan a otros. El hombre más deseado interpretó dos de mis canciones favoritas; lo son, porque cada una responde a un motivo que no voy a comentar, Suspicious minds y Burning love. Pero en esta columna sólo queda espacio para hablar de Can’t help falling in love (No puedo evitar enamorarme) porque desear con locura no es mostrarse en un escaparate ante la mirada de todos, algunas cosas están destinadas a ser. Lo cantó el de Tupelo, Misisipi y es santa palabra.