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La Opinión de Murcia

Gema Panalés

Todo por escrito

Gema Panalés Lorca

Hablar del tiempo

¿Se imaginan un mundo en el que solo tuviéramos conversaciones sobre el tiempo? ¿Esos diálogos predecibles que hemos mantenido una y otra vez, en los que no hay posibilidad de decir algo que no se haya dicho ya? Pongamos que, en esa realidad ficticia, un hombre y una mujer se encuentran en un bar y mantienen la siguiente conversación:  

  -La ola de calor viene fuerte este año. Menudo trompazo. Aquí ni olemos las masas de aire del Atlántico.

  -Si es que el Mediterráneo es una bomba. ¡Una bomba!

  -De todas formas podemos llorar por un ojo. Mira en el norte de Europa: se están derritiendo y, claro, allí no están acostumbrados. 

  -Del norte de Argelia pa’ arriba ya sabes lo que hay...

Este intercambio lingüístico protagonizado por esta pareja distópica parece tratar sobre el tiempo pero es, en realidad, un intento de sumergirse en las profundidades del alma de otro ser humano. Lo que ocurre es que en este mundo del que les hablo las personas tienen prohibido referirse a conceptos universales, ideas, pensamientos complejos y demás abstracciones.

Pues bien, ¿qué me dirían si les aseguro que esa sociedad imaginaria y espeluznante es nuestro mundo? Parece que a partir de los 30 años solo nos atrevemos a decir lo que creemos que debemos decir. La paradoja es que lo que creemos que debemos decir ya está dicho, así que mantenemos una y otra vez los mismos diálogos huecos. 

Todos conocemos la típica conversación de ascensor, un ritual de cortesía con el que intentamos llenar ese incómodo silencio con un desconocido. El problema es que, más allá del montacargas, seguimos estableciendo diálogos que aparentan ser conversaciones reales, pero no lo son. Se trata de rituales lingüísticos que no expresan ninguna verdad ni pensamiento propio.

Estamos programados para mantener prototipos de conversaciones sin salirnos de lo que se supone que debemos decir: lo que nos tiene que gustar, el trabajo que debemos querer, etc. «Todo debe ser homogéneo, nada debe sorprender, porque lo que te sorprende puede dañarte», sostiene mi filósofo de cabecera. Por eso, el 90% de las cosas que decimos no son más que una cháchara predecible y aburrida.

Ese hablar sin decir nada se acentúa con el paso de los años y en los diálogos en grupo, donde todos intentan gustar a todos, sin llegar a gustar de verdad a nadie. Invertimos tanto esfuerzo en conseguir los aplausos ajenos que, por el camino, perdemos nuestra autenticidad y todo resulta soporífero.

Hoy la irreverencia está mal vista. La homogeneidad que se nos exige aniquila cualquier atisbo de diferencia. Sin embargo, detrás de ese vacío lingüístico y existencial estamos nosotros: con toda nuestra complejidad y esencia única. 

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