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La Opinión de Murcia

Javier Lorente

En su rincón

Javier Lorente

Antonio Martínez Mengual: ni debo, ni espero, soy libre

Antonio Martínez Mengual.

Para fotografiar a Antonio Martínez Mengual en su rincón favorito me tendría que haber desplazado a Grecia, pero lo sustituimos por su casa estudio en Aljucer. Tiene un sótano con cientos de sus obras, almacenadas y, arriba, un taller con otras muchas en proceso. Me dice enseguida: «Se nos acumulan los problemas en nuestro mundo, en nuestro país y en nuestra Región, pero lo cierto es que hay muchos que firman decretos a diario y podrían hacer algo constructivo, además de preocuparse de su sillón y oponerse a todo lo que suene a constructivo».

Le noto preocupado con la marcha del mundo y deseoso de escaparse y viajar, pero le pregunto por sus inicios: «Pertenezco a una familia que tenía antecedentes artísticos. Pedro Flores era hermano de mi abuelo materno. Mi madre de pequeño me decía: «Te pareces pintando al Tío Perico». Yo aún recuerdo sus manos, muy artísticas y muy trabajadas, y recuerdo que era muy sarcástico, tal vez porque había vivido una vida muy dura», y añade: «Empecé a pintar de niño, lo primero fue el zócalo que había a la entrada de casa, yo lo pintaba con los dedos y las manos, sin ningún color, dibujaba cosas de memoria, dibujos que sólo veía yo. Eran unas pinturas mágicas. Después, a los 10 años, me regalaron mi primera caja de colores y ya nunca paré», y me dice que nunca tuvo opción de estudiar Bellas Artes, sólo algunos cursos en la Escuela de Artes y Oficios.

«Toda mi vida he compaginado mi trabajo en Cajamurcia con el arte. Todo el tiempo libre lo he dedicado a aprender, ir a museos, viajar a Madrid en el tren nocturno, llegar a las 10 de la mañana y verme todas las exposiciones posibles. Esa ha sido mi mejor escuela, ver de cerca los cuadros, ver sus texturas, sus proporciones y sus colores auténticos, no en diapositivas ni libros», me dice. Y me cuenta: «Mi flechazo por la cultura clásica vino de un viaje que hice desde Cartagena a Estambul, en autobús pasando por Barcelona, Nápoles, Génova y luego en barco hasta Atenas, Tesalónica y la frontera turca. Yo tenía menos de 25 años, aquel fue mi momento flash al ver la Acrópolis y darme cuenta de que aquello era real». Y me relata, lleno de emoción, sus viajes posteriores y cómo siempre ha visto en el mundo clásico la nobleza, la belleza, la creatividad y cómo se enamoró de los colores, los materiales o las cerámicas. «Mi obra se ha llenado de todo ese mundo, contagiada por la mitología que lo explica todo», me dice mientras le agradezco que se haya vestido para la ocasión con la cita de Nikos Kazantzakis: «No espero nada, no temo nada, soy libre». 

Hablamos de su proceso pictórico: «No soy pintor de un solo cuadro, nunca podría pintar una Acrópolis en un cuadro, necesito toda una serie entre apuntes, bocetos, notas de luz...» y me cuenta que hay que hacer, al menos, 50 dibujos de una manzana para que a partir de ahí, la fruta se diluya y quede su esencia, y añade: «Yo no puedo decir en un cuadro todo lo que necesito. Yo pinto sensaciones y pensamientos y la luz hace el milagro. Nunca importa si se parece». 

Y me cuenta que no lograba pintar el Mar Menor hasta que no se fue a ver un amanecer en la laguna, y añade: «Hay que ser generoso con el tiempo para poder pintar. Un artista no dedica un tiempo a pintar, le dedica su vida», a lo que me confiesa: «El tiempo lo arregla todo, por eso no me cabreo cuando algo no me sale, porque yo he aprendido a esperar, incluso a borrar cuadros y empezar de nuevo sobre una base». 

Se lamenta de que la Cultura se menosprecie porque no da votos, de que no haya Proyecto Cultural y que nuestros hijos y nuestros nietos tenga que irse de «esta provincia, que no Región». De su legado me dice: «Ardió Troya, así que mi obra también podrá arder un día. Nada espero de estos tiempos de apatía, ni de estos políticos incultos». Y, mientras, no para de sonar la música de la Sinfónica de Berlín: el Maestro es un melómano empedernido.

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